Permanezcan en mí…

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ABRIL 29 DE 2018

DOMINGO V DE PASCUA

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¿De cuántas leyes o normas depende nuestra vida? ¿Qué representan realmente para nosotros? ¿Orientan, o modifican, nuestros actos? ¿Necesitamos de ellas para vivir y convivir? El orden se sustenta en las leyes, pero ¿en qué las leyes?

Las leyes del hombre poseen una fuerza rectora, que modula y sanciona el comportamiento de los ciudadanos que las reconocen y aceptan, pero son vulnerables y, a veces, inestables, a tal punto de ser ignoradas y hacerse obsoletas; tampoco son definitivas, porque la misma vida del hombre no lo es. No pueden estar por encima de nadie, impositivas, sino al servicio de quien las ha creado, el hombre, acompañando su camino en busca del bien, de la verdad y la justicia.

Es por eso que toda sociedad motiva mecanismos para implementar reformas e iniciativas de ley; aplicar enmiendas, o cancelar leyes inobservables que contravienen el orden y la equidad. En el fondo subyace un ideal impostergable: la dignidad de la persona y el bien común.

Al parecer, el hombre no puede vivir sin leyes… ¿podría hacerlo?

JUZGAR

Si bien es cierto que las leyes humanas se contraponen en ocasiones a la ley divina, también es cierto que ésta les proporciona una orientación distinta, un enfoque más humano. El decálogo, por ejemplo, no representa un conjunto de leyes impositivas, sino una serie de normas de vida que ayudan a miembros de pueblo a caminar siempre atentos de sí mismos, de los demás y de su Dios; donde el pleno respeto por la vida del otro y sus bienes, es la clave de la felicidad y garantía de justicia.

En este sentido, el apóstol Juan en su primera carta (3,18-24), recuerda algo esencial en la vida del creyente, sobre todo, cuando emerge de su corazón una pregunta existencial que lo inquieta: ¿qué debemos hacemos?La respuesta se plantea como principio de acción: éste es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio (v. 23).

La certeza de Juan nace de su experiencia, de su vida con el Señor; lo que él ha visto y oído ahora se canaliza en el testimonio fehaciente que hace de las palabras una enseñanza evangelizadora:

Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer (Jn 15,4-5).

Todo confluye en Jesucristo, creer en él y permanecer en él. Cada uno de nosotros echa raíces y absorbe la savia vital del tronco que nos sostiene y alimenta… ¿En qué tierra echamos raíces? ¿A qué tronco nos unimos para permanecer de pie?

El mismo Juan, en su evangelio, nos lleva de la mano por los “yo” que revelan la naturaleza mesiánica del Señor: yo soy el buen pastor, yo soy la vida, yo soy el camino, yo soy la puerta, yo soy la verdad, yo soy la vida verdadera.

Una gran vid de oro, con sus racimos, decoraba el templo de Jerusalén; un emblema que recordaba la centralidad del recinto sagrado, donde Dios habita, y la identidad del Pueblo arraigada en él. El templo como una gran vid que, además, representaba la ley y la tradición. Toda la vida de la gente (prosperidad, bendiciones, futuro, abundancia…) dependía del respeto y la fidelidad al templo, y del cabal cumplimiento de sus preceptos. A pesar de eso, era materialmente limitado y vulnerable, se había cerrado a la diversidad y sólo tenían acceso a él aquellos que, según la ley, eran dignos. Pero ahora Jesús, en contraposición, se presenta a sí mismo como la vid verdadera:

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos… Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así corno discípulos míos (vv. 5.7-8).

Una vid abierta, acogedora, abundante…

ACTUAR

El cumplimiento de las leyes garantiza el orden de las cosas, pero no la vida; la protegen, pero no la sustentan. Buscamos incansablemente el sentido de la vida y el mejor modo de conservarla y prolongarla. De ese modo, nos lanzamos fuera, tras una búsqueda infructuosa, cortando las raíces que nos alimentan y alejándonos del tronco que nos sostiene; poco a poco, nos iremos secando hasta morir.

Yo soy la vida, ustedes los sarmientos…, lo definitivo ante lo posible. La vid enraizada en la eternidad del Padre, nos ofrece generosa, la posibilidad de dar frutos. Así será, indudablemente, si el sarmiento se deja alimentar por el amor y la fértil palabra del Hijo, de lo contrario, el viñadorlo arrancará…

Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arrancará, y al que da fruto lo poda para que de más fruto (vv. 1-2).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

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Yo soy…

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ABRIL 22/2018

IV DOMINGO DEPASCUA

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A lo largo de los días seguiremos escuchando, en todos los medios, cualquier cantidad de propuestas enfocadas en captar la confianza del pueblo, la necesidad de un voto por mil dádivas inexplicables, irreales, inexistentes.

Los tiempos electorales son los tiempos del derroche, de tirar la casa por la ventana para seducir a los incautos, “convencer” a los pobres malgastando millonarios recursos que podrían, sin lugar a dudas, mitigar la miseria. Cada candidato se apropia del “yo soy…” (el mejor, el más apto, el único, el adecuado…) para desacreditar al adversario, sin percatarse, tal vez, que se han entrampada en un círculo vicioso, donde todos pretenden ser lo que, en realidad, no son…

Llegaremos a un hartazgo sensorial y un vacío racional, hasta vomitar desprecio, terror, miedo, indecisión, dudas, votos sin sentido… El aparato político, cual lobo, se habrá enriquecido sin saciarse, mientras el pueblo, confundido, andará disperso, escondido, sin esperanza.

JUZGAR

El evangelio de Juan (10,11-18) nos remite a una imagen esperanzadora: el buen pastor.

Gran parte de la vida del hombre se debate entre el bien y el mal, la inquietud por encontrar la mejor opción y tomar la decisión correcta. Siempre, frente a nosotros, están presentes lo bueno y lo malo; son los opuestos que hacen de la razón, la voluntad y la libertad cualidades activas, en constante búsqueda de la verdad y del bien; son la base de un proceso llamado existencia, que busca trascender el tiempo y superar la mediocridad y la estéril pasividad.

El buen pastor da la vida por sus ovejas (v. 11), lo que significa estar dispuesto y disponible, sobrepasando los límites del tiempo, haciendo de las noches vigilia luminosa y del día presencia y compañía. Sin menoscabo de la virilidad del pastor, como la de todo hombre, dar la vida así es un gesto maternal, y no puede ser de otra manera; una entrega absoluta por convicción, que teje relaciones profundas con los suyos, a tal punto, que puede decir conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí (v. 14). Identidad y pertenencia que anima la confianza de los seguidores y la certeza de encontrarse en lugar seguro.

La convicción del pastor se transforma en vocación, llamada que convoca y acoge: tengo otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las triga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor (v. 16).

Todo se fundamenta en el conocimiento y en el amor; conocimiento muto donde se gestan la filiación y la fraternidad: yo las conozco y ellas me conoce, como el Padre me conoce y yo a él (vv. 14-15) y del que nace el enamoramiento y el amor, que se palpa en la entrega incondicional: El Padre me ama porque doy mi vida… (v. 17). Si no fuera así, sólo habría un conocer unilateral, impositivo y dictatorial, carente de amor y de confianza, desinteresado por el bien de los demás: el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa (v. 12).

Esta es la diferencia entre el buen pastor y el pastor que engaña: dar la vida.

ACTUAR

Los malos pastores son símbolo de la corrupción. El Papa Francisco nos dice que no habría corrupción social sin corazones corruptos… ¿Por qué un corazón se corrompe? El corazón no es una última instancia del hombre, cerrada en sí misma; allí no acaba la relación. El corazón humano es corazón en la medida en que es capaz de referirse a otra cosa, en la medida que es capaz de amar o negar el amor (odiar). Por ello Jesús, cuando invita a conocer el corazón como fuente de nuestras acciones, nos llama la atención sobre esta adhesión finalística de nuestro corazón inquieto. Donde está tu tesoro allí está tu corazón (Mt 6,21). Conocer el corazón del hombre, su estado, entraña necesariamente conocer el tesoro al que ese corazón está referido, el tesoro que lo libera y plenifica o que lo destruye y esclaviza… (Algunas reflexiones en torno a la corrupción).

En estos tiempos, las palabras que se pronuncian afloran como la voz que se escucha para emprender el seguimiento, del conocimiento mutuo nace el amor y el gozo de decir, con el salmista (Sal 117):

Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Un día después…

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ABRIL 1 DE 2018

DOMINGO DE PASCUA

Un día después del sábado…

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Un día después, cuando parece que todo termina, comienza, en realidad, el tiempo definitivo, el camino que se ha de recorrer, motivados por lo que se ha vivido. Cuando un niño nace, su proceso existencial se desata y se abre a la vida, un día después; el desposorio de una pareja comienza a tomar forma y a configurar su proyecto, un día después. Y así, cada etapa de nuestra vida se irá integrando en el destino forjado por cada uno… un día después.

Al día siguiente comenzamos a recuperara el tiempo pasado, a repensar los acontecimientos, a reflexionar con detenimiento las experiencias, a construir la vida basada en los cimientos que antes hemos echado.

El día después, representa la superación de la noche y marca el amanecer, el horizonte que se abre por delante, el despertar, la esperanza

JUZGAR

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba… (Jn 20,1).

El sepulcro es símbolo terrenal de la muerte, en él yacen los restos del hombre que ya no tiene vida; un sitio de presencias donde no hay nadie… sólo restos. Allí, se eternizan, en un tiempo indefinido, los recuerdos, el pasado… pero ya no hay un día después, porque los muertos ya no regresan.

Detrás, o debajo de la loza que los sella, se encierra el misterio de la finitud, acaba todo para un individuo, dejando que la vida fluya entre los vivos que quedan fuera, más allá de la sepultura.

María Magdalena caminó cargando su tristeza, atizando en su corazón una esperanza, a pesar de la oscuridad en el entorno y en su corazón. El amor animaba la luz que un vago recuerdo, confundido entre las sombras la muerte: al tercer día…

Si tenía preguntas, encontró respuestas: la piedra removida… Un sepulcro abierto, violentado por algo inexplicable, no podía aprisionar un cuerpo lleno de vida, transfigurado por ser fiel a la Voluntad del Padre.

Echó a correr de regreso, con un gran miedo, o con la confirmación fehaciente de sus recuerdos: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo habrán puesto (Jn 20,2).

  • ¿Quién se llevó?: el amor del Padre, la justicia, la libertad, la fidelidad sin límites, la entrega incondicional, la verdad…
  • ¡No sabemos dónde lo han puesto!: no entendemos qué pasó, no alcanzamos a comprender que así debía ser, no queremos darnos cuenta que la resurrección es posible…

Justo, un día después será necesario para ir encontrando las respuestas a tantas preguntas, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según la cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).

ACTUAR

Tal vez hoy es el día después, no sólo para encontrar sepulcros abiertos, sino para remover las piedras del odio, la envidia, el desprecio, la indiferencia, o la injusticia que aprisiona con la muerte a tantos hombres y mujeres en el mundo.

Hermanos: ¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.

Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad (1Cor 5,6-8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¿Qué es la verdad?

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MARZO 30 DE 2018

VIERNES DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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Un viernes más por celebrar, según los ritos y la liturgia de cada ciclo, de cada año. La Semana Santa como un memorial, o… como una costumbre.

Cruces y crucifijos, el silencio de mil procesiones, via crucis matizados de piedad, de añejos cantos impregnados de dolor que no han superado el tiempo, imágenes apócrifas que se han anclado a la fe popular; multitudes enlutadas para la ocasión (sólo para la ocasión), algunos lloran con rostros circunspectos, oros soportan el golpe de calor, peo hacen un esfuerzo para alcanzar los beneficios del sacrificio y la penitencia ocasional.

Peregrinos de la vida, ataviados con la cruz que “nos identifica”, omitimos lo único que nos hace reconocibles ante los hombres: el amor (Jn 13,35). Las cruces del viernes santo no son las cruces de todos los días, y el Cristo en ellas clavado (el de ornato), que nos conmueve y nos sobrecoge en una ráfaga de sentimientos momentáneos, no logra encarnar a los crucificados del mundo, ni siquiera les habla de la resurrección, de la esperanza, o de la victoria de la vida sobre la muerte…

JUZGAR

¿De qué serviría recordar el día de la crucifixión, para celebrarlo con solemnidad, si no vemos allí el reflejo de una cruenta realidad que nos interpela?

Una afirmación contundente y una pregunta detonante, que deja abierta la posibilidad de cualquier respuesta, apelando a la conciencia de los hombres:

Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz… ¿Y qué es la verdad? (Jn 18,37-38).

Pablo nos dio la pauta de una verdad incuestionable: si no creemos que Jesús resucitó, nuestra fe y nuestra predicación no sirven de nada (1Cor 15,14).

La liturgia nos pone de frente a otra pregunta, no menos importante que la primera; con ella, podemos hacer una introspección respecto de nuestras creencias y los contenidos de nuestra predicación: ¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? (Is 53,1), tratando, así, de clarificar la verdad que se oculta a nuestros ojos, tal vez por el miedo de conocerla:

Creció́ en su presencia como planta débil, como una raíz en el desierto. No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados.

Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes (Is 53,2-6).

¿Qué anunciamos en realidad, qué predicamos? ¿Acaso andamos errantes, cada quien por su camino, desentendidos del mundo y sus vicisitudes?

La crucifixión del Señor se alza como el grito desesperado provocado por el peso de la injusticia. Para las estructuras de poder, es el ultimátum (“querían acabar con él”), para la razón, que nace de la verdad, es un gesto de rebeldía que desenmascara el miedo del hombre a enfrentar la realidad y su incapacidad para ir más allá de su finitud.

Esa muerte fue definitiva, pero no la primera de muchas otras. Eso quiere decir que no hemos comprendido que el sacrificio de Jesús se hizo una vez y para siempre (Heb 10,10), él se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen (Heb 5,9).

El Viernes Santo es el recuerdo de una victoria, memorial del sacrificio con el que se pacta la alianza, nueva y eterna, no la repetición de una tragedia, a través de la cual apartamos la mirada, como recuerda Isaías, despreciando y desestimando el dolor real de los que sufren y mueren atados a las cruces de la sin razón y la piedad vacía de amor.

Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (Flp 2,8-9).

ACTUAR

Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno (Heb 4,14-16).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Tener parte…

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MARZO 29 DE 2018

JUEVES SANTO

UNA PASCUA EN LA QUE HAY TOMAR PARTE

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En ocasiones, debemos decidir si asumimos, o no, los compromisos que nos confrontan y, sin los cuales, no podríamos tomar parte en un proyecto, en una comunidad, o en la oportunidad que la vida nos ofrece.

Puede ser el orgullo, el honor mal entendido, la resistencia a ceder un poco de nosotros, o el miedo a perder el lugar que nos hemos ganado. En todo, hay una débil seguridad al borde del fracaso, cuando se deben dar pasos camino abajo para encontrarse con lo propiamente fundamental, si se quiere pensar en una vida plena.

Nos hemos subido al tren de un poder que no sabe de servicio, que no es capaz de poner, al menos, una rodilla por tierra, para verse cara a cara con el humillado, o tomar en las manos el peso del cansancio, refrescar el sudor del jornalero sin descanso, o escuchar el llanto de los que sufren y no tienen voz.

Ridiculizamos el servicio que otros hacen, porque así nos defendemos de hacerlo; estamos bien…, creyendo que “somos buenos”, sin percatarnos, tal vez, de que somos inútiles…

JEZGAR

La Pascua y los textos pascuales nos han enseñado muchas cosas a lo largo del tiempo. Siempre vemos, a través de ellos, el paso de la esclavitud a la libertad, la Alianza, el pacto de salvación entre Dios y los hombres. No obstante, me parece que hemos omitido un detalle esencial que da sentido pleno al hecho que emana de la experiencia pascual: los compromisos que se deben asumir para ser parte de ello.

El pueblo hebreo debía cumplir tres prerrogativas esenciales justo el día en que pasaría el Señor: elegir un cordero para comerlo en familia, o compartirlo con otra familia; todo el pueblo, sin excepción, inmolaría el cordero el mismo día y a la misma hora, luego, rociarían las jambas y el dintel de las puertas con la sangre del cordero inmolado, como señal de aceptación. Vemos que nada podía ser ejecutado de manera individual, o en lo particular: sólo en familia, todo el pueblo y con la misma señal para todos (Ex 12,3-7); de lo contario, caería sobre ellos el exterminio que, en otras palabras, es la muerte que deja fuera a aquellos que se desentienden de los mandatos del Señor.

La sangre les servirá de señal en las casas donde habitan ustedes. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo y no habrá entre ustedes plaga exterminadora, cuando hiera yo la tierra de Egipto (v. 13).

Yahvé escuchó los gritos del pueblo que pedía ser liberado, Él accedió y su misericordia se convirtió en un acto liberador que lo involucra, pero el deseo de libertad debe convertirse en la actitud decidida de quien busca seguir al Señor:

Comerán así: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano y a toda prisa, porque es la Pascua, es decir, el Paso del Señor.

No hay tiempo que perder, se está con el Señor para tomar parte en su proyecto, o no se está con Él y se queda fuera.

El evangelio de Juan nos habla de un debate entre Pedro y Jesús, el contexto es la Pascua y la razón es la misma: la liberación. Aquí, como en Egipto, también se deben tomar decisiones: aceptar, o no, las condiciones.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies? Jesús le replicó: Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo: Tú no me lavaras los pies jamás. Jesús le contestó: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo (13,6-8).

Para tener parte hay que aceptar y asumir los retos y los compromisos que surgen de la nueva alianza: partir el pan (compartirlo), servir (lavar los pies), amar (el nuevo mandato), perdonar y dar la vida. Jesús mismo toma la iniciativa y pone el ejemplo, lo que él hace es reflejo de la actitud que propone como parámetro a los seguidores: se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciñó una toalla, puso agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies (vv. 4.5).

Al igual que el pueblo hebreo, que debía estar pronto para emprender el camino, ahora es primordial levantarse de la mesa (renunciar a los privilegios) y ponerse a trabajar.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió́ a la mesa y les dijo: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (vv. 12-15).

ACTUAR

Lavar los pies se convierte en un gesto atrevido, que romper con las normas de servidumbre y el concepto de autoridad. El Hijo de Dios no ha venido a ser servido…

El recuerdo de la Pascua en la liturgia del Jueves Santo no puede quedarse en la reproducción teatral de un acto excepcional de Jesús (lavar los pies), o en la insistencia de tinte dogmático que quiere ubicar allí el origen irrefutable del presbiterado (Jesús no ordenó sacerdotes a sus discípulos), o de ver en la cena el origen de la “primera comunión”, perdiendo toda la dimensión salvífica y universal de la eucaristía, como sacramento de la presencia de Dios entre los hombres, en el simple hecho de compartir el pan.

¿En qué radica nuestra concepción del cristianismo? ¿Cuáles son los fundamentos de nuestra fe?

Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¡Bienvenido!

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MARZO 25 DE 2018

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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Cuando sabemos que el momento de encontrarnos con alguien se acerca, el corazón palpita aceleradamente y la sangre correo con más energía por las venas, hasta hacernos sentir que el cuerpo vibra de emoción incontenible.

Ver cara a cara a la persona esperada, a la que amamos y admiramos, provoca que del interior broten las expresiones de afecto más significativas y las palabras con más fuerza, intentando que el otro se sienta acogido, se descubra amado y sepa, sin duda, que es bienvenido.

Más allá de los símbolos materiales, que siempre los hay (flores, dulces, regalos…), están los símbolos corporales, arraigados al corazón y a los deseos: manos que acarician, brazos que acogen, pies que van al encuentro, miradas que se asombran, sonrisas que lo dicen todo, lágrimas que nutren la vida con la riqueza de las emociones.

Las manos que se levantan y se agitan después de avistar al ser querido, son como las palmas de aquel domingo…

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¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor… (Jn 12,13).

La liturgia de la semana pasada insistió en recordarnos que el tiempo estaba por cumplirse (Jr 31,31; Jn 12,23). Hoy, al iniciar la Semana Santa, nos encontramos acogidos por una escena que nos muestra un hecho a través de cual ese tiempo se cumple y hace que la historia de los hombres camine por rumbos inimaginables.

Un pueblo que sale al encuentro del Señor, que viene hacia él, en una expresión de acogida que surge de la inocencia que todo lo ve grandioso, maravilloso. La sencillez del pueblo abre paso a la sencillez de un rey montado de un burrito; la espontaneidad improvisa creativamente una fiesta y toma de la creación, con el derecho que le compete por su condición creatural, los bienes que el creador le ha confiado para darle gloria.

El momento es terriblemente revelador, pone la atención del hombre en lo esencial, en lo que Dios realmente quiere, según los criterios de la Buena Nueva: basta que el pueblo identifique en Jesús a su rey y, que este rey humilde, sea recibido con sencillez y se le permita entrar en la historia desde abajo, con austeridad, con alegría, entre los pobres y la gente sencilla:

No tengas temor… Mira que tu rey viene a ti montado en un burrito (v. 15).

ACTUAR

  • ¿Aún esperamos a Jesús? ¿Cómo lo esperamos?
  • ¿Ya entró en nuestra vida? ¿De qué manera lo recibimos?
  • ¿Cómo lo recibimos…?

El amor es muy grande…

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MARZO 11 DE 2018

DOMINGO IV DE CUARESMA

 

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Emocionalmente a veces es duro. Sin embargo, son muchos más los niños que se recuperan que los que no lo hacen, y en eso creo yo que hay que enfocarse. Hoy me atrevo a decir que nunca había estado tan satisfecho, nunca había disfrutado tanto ser médico. La experiencia humana es increíble (Alejandro Vargas Pieck, Pediatra mexicano de MSF).

La acción humanitaria es un gesto solidario de sociedad civil a sociedad civil, cuya única finalidad es aliviar el sufrimiento y preservar la vida de otros seres humanos durante un periodo crítico. Una profunda convicción que animan los principios de acción de Médicos sin fronteras.

Representa una de tantas acciones que afloran del amor al hermano y el respeto por la vida; no importando las adversidades, subyace una disponibilidad abierta y generosa, haciendo del corazón un espacio donde hay cabida para las miserias de la humanidad y que puede llegar al límite, hasta dar la vida por el otro.

En aquellos que se entregan, sin recibir nada a cambio, por el bien común, en lucha por la justicia y la dignidad del otro, tenemos la oportunidad de ver el rostro misericordioso de Dios.

JUZGAR

No es sencillo descubrir la presencia de Dios en medio de las adversidades, o en la refriega de la vida diaria donde pareciera que lo único experimentable es el abandono, la soledad y la desesperanza. Ante ello, Pablo no duda en recordarnos que la misericordia y el amor del Dios son muy grandes (Ef. 2,4).

No obstante, se nos presenta otra dificultad: cómo ver, o comprobar, que la misericordia y el amor de Dios son reales y actúan en favor nuestro… En realidad, es muy sencillo saberlo: la experiencia humana es increíble. El factor humano es la clave. Así, en todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Cristo Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros (Ef 2,7).

En Jesús se valida la condición humana como la única mediación entre Dios y los hombres, en ella se manifiesta a los sentidos, en toda su extensión, su misericordia y su bondad.

En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos (Ef 2,8-10).

Fuimos creados para amar y ser libres, facultades que nos disponen para hacer el bien. Aun así, el panorama del mundo nos presenta otra realidad, parecida a la que narra el libro de las Crónicas, donde autoridades y pueblo multiplicaron las infidelidades y practicaron las costumbres paganas (36,14). En el modo de proceder y de vivir radica el castigo:

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.

Pero, insistimos, hemos sido destinados para hacer el bien, aspecto esencial de nuestra vocación a la santidad, de tal modo, que el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (Jn 3, 21).

El amor del Padre –dice Schökel- ha puesto en marcha toda la historia de la salvación, estableciendo como principio y primicia de ese camino a su propio Hijo: tanto amó Dios al mundo… (Jn 3,16). Esa historia de salvación está en marcha, y somos nosotros.

ACTUAR

La acción humanitaria es un gesto solidario, salvación en acto, misericordia. Así, la expresión paulina con Cristo y en Cristo no puede ser vista como un privilegio, sino como compromiso que configura nuestra condición humana con la fuerza de la resurrección, puesto que fuimos creados por medio de Cristo, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos (Ef 2,10).

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.