Tu me sedujiste…

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SEPTIEMBRE 3 DE 2017.

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO.

La liturgia nos presenta tres pequeños textos: Jr 20,7-9; Rm 12,1-2 y Mt 16,21-27, que resumen, en palabras simbólicas y contundentes, lo que vive y sufre un hombre cuando ha sido seducido por Dios.

VER

La seducción es una peculiar experiencia que los humanos, incluso, compartimos con algunas especies animales, con ella, o a través de ella, logramos que otros entren en la dinámica de nuestro juego (amoroso) y hagan, finalmente, lo que deseamos. Esa vivencia nos deja, indudablemente, grandes gozos y momentos inolvidables, aunque, en algunos casos, las consecuencias pueden ser desagradables y de una profunda desilusión. Así, la seducción se convierte en un misterioso paradigma: pude ser una gran oportunidad para la vida, o una terrible trampa en la que muchos caen y quedan atrapados.

Nos seduce la belleza del cuerpo humano, el poder, el éxito y la grandeza; la riqueza, el bienestar, la innovación tecnológica, el dinero, la sexualidad de pies a cabeza, la voz de una mujer; nos seduce la posibilidad de prolongar la vida y rejuvenecer. También las ideas y las ideologías nos seducen, los discursos radicales, una canción de amor, o de protesta. Vivimos seducidos, consciente o inconscientemente, pero también seduciendo, porque necesitamos ser tomados en cuenta, interpelados, escuchados; vivir bajo la presión de retos insospechados y en constante movimiento.

La seducción detona los procesos de las decisiones más radicales y despierta la ilusión por alcanzar las metas que darán sentido a la vida; logra que la mirada fije su atención en la persona indicada, y que el corazón se enamore, incondicional y oblativamente, hasta entregar la vida, el tiempo, las fuerzas, todo…, por algo que es más fuerte que uno mismo.

JUZGAR

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste. He sido el hazmerreír de todos; día tras día se burlan de mí. Desde que comencé a hablar, he tenido que anunciar a gritos violencia y destrucción. Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día. He llegado a decirme: “Ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre”. Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía (Jr 20,7-9).

La experiencia del profeta Jeremías pasa por una profunda crisis: seducido, se enamoró de Dios. Pero ahora vive decepcionado, indeciso, desilusionado y confundido por los resultado que recoge en su proceso de enamorado; profetizar en nombre de Yahvé sólo le ha dejado males y problemas.

No obstante, su resistencia y su crisis personal se convertirán en un medio, un crisol, que le ayudarán a ser consciente de la realidad y a ver con claridad. Él, como nosotros, se enfrentó probablemente a la fuerza de las seducciones (poder, dinero, éxito…) que alimentan los deseo humanos, allí descubrió que Yahvé es el más fuerte y que no sólo nos vence (v. 7), sino que deja en segundo término toda otra seducción. Aun cuando intentara olvidarse del nombre del Señor y de todo lo que implica, la entrega que surge de esa seducción, el enamoramiento absoluto de su ser a Dios, son definitivos: un fuego ardiente que no se puede contener (v. 9).

Jeremías sabe que anunciar la palabra del Señor es motivo de oprobio y de burlas (v. 8), porque exige conversión y cambios radicales en la vida, en las costumbres, en el pensamiento; implica romper con las tradiciones y desoír otras seducciones. Seguir al Señor y escuchar su palabra resulta incómodo y comprometedor.

La misma consciencia de compromiso radical habitaba el corazón de Jesús; Mateo nos dice cómo comenzó a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día (16,21).

Este momento representa también una experiencia de crisis para los discípulos, para Pedro en particular y para Jesús.

Pedro se resiste a aceptar la realidad y trata de convencer (seducir) a su maestro de no ir a Jerusalén; sus palabras y su actitud dejan ver el miedo que le provoca la incertidumbre de saber que, con la muerte de Jesús, morirán también sus sueños mesiánicos: No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti (v. 22).

¿Qué sedujo a Pedro y a muchos de los discípulos?: naturalmente las palabras del Señor, su mensaje y su propuesta, pero también el poder que representa, desde su perspectiva, la imagen de un mesías salvador. Ahora Jesús se enfrenta a esa misma idea y tiene que reaccionar en contraposición:

¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres! (v. 23).

Del mismo modo que Jeremías, Jesús sabe de las dificultades, los oprobios y las burlas que conlleva el compromiso de predicar la Buena Nueva y ser fiel a la voluntad del Padre. Sólo desde su experiencia personal, de la seducción que lo mueve hasta dar la vida, pueden surgir las palabras que dirige a sus discípulos:

El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá́; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá́ dar uno a cambio para recobrarla? (vv. 24-26).

La renuncia total es expresión fehaciente de que algo maravilloso y único ha seducido un corazón, a tal grado, que se ha enamorado y ha puesto en ello todo su ser.

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… (Jr 20,7).

ACTUAR

Las palabras de Pablo nos dan una pauta de acción concreta:

No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rm 12,2).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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¿Quién dicen ustedes que soy yo?

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AGOSTO 27 DE 2017.

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

El domingo XXI del Tiempo Ordinario nos presenta los siguientes textos: Is 22,19-23; Sal 137; Rm 11,33-36 y Mt 16,13-20.

VER

Hace algunos años dejó de publicarse una revista de ocio, misma que presentaba como slogan de identificación una pregunta, que bien podríamos llamar “pregunta existencial”: ¿Y tú, quién eres? Se conocía como la “revista eres”.

Lo “existencial” en realidad (si es que fluía mínimamente en sus contenidos), no tenía nada que ver, con la filosofía, la antropología, o la sociología… Todo era una estrategia de mercadotecnia, bien diseñada, enfocada al consumo, de la revista en sí y de los insulso contenidos ofertados en sus páginas.

Presentando artistas de moda, casi siempre en parejas o en pequeños grupos, se difundían ante el público (particularmente jóvenes) no sólo los éxitos musicales y telenovelescos del momento (el que tocara en turno), propios del mundo del espectáculo, sino también modelos de “personalidad”, que se convertirían en los referentes de la moda (ropa, peinados, zapatos, lenguaje, etc.) y del “ser” (exitoso, popular, deseable, famoso, atractivo, irresistible…).

Formas de ser y de estar en el mundo y en la sociedad, comportamientos estereotipados que ofrecían identidad y pertenencia a los consumidores. Tal vez la pregunta (¿Y tú, quién eres?) interpelaba a los lectores, subrepticiamente, desde un “¿qué tienes?”, o “¿cuánto tienes?…”

Las convicciones o las creencias de lo que “yo soy” siempre se complemente (porque de ello se alimenta), con lo que los otros pueden decir de mí: “tú eres…”

Del modo que sea, cuando se trata de hablar de los demás, a partir de los que otros dicen, resulta muy fácil, siempre encontraremos una gran cantidad de información disponible sobre las vidas ajenas: qué hacen, qué dicen, a dónde van, con quién están, o con quién “andan”, en dónde viven; conocemos todo sobre ellos con lujo de detalle.

Paradójicamente, es más difícil -aunque no imposible- tener una apreciación personal del otro, desde una buena relación, o una comunicación sana y objetiva, en la que haya confianza y el respeto.

JUZGAR

Una cosa es tener una experiencia y otra muy distinta, sólo tener información. Por ejemplo: si alguien nos preguntase: “¿eres cristiano?”, seguramente responderíamos de inmediato que ¡sí! Ahora bien, si a esa pregunta le siguiera una más: ¿quién es Jesús para ti y qué significado tiene en tu vida…? (tomando como presupuesto que hemos respondido afirmativamente a la pregunta anterior) ¿Qué responderíamos?

Mucho me temo que nuestras respuestas se reducirían sólo a repetir una retahíla de conceptos e ideas convencionales: es mi amigo, mi Señor, mi guía, mi todo, mi Dios, mi ejemplo, mi compañía, mi rey, mi salvador, etc. Si así fuera, habría que analizar, entonces, si lo que decimos es fruto de una experiencia con Jesús o, simple y llanamente, una lista de nombres aprendidos en el catecismo, o lo que la gente dice.

Por eso, en el evangelio de Mateo (16,13-20), Jesús hace dos preguntas a los discípulos, mismas que se extienden a todo hombre que dice creer en el Señor:

  • ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (v. 13).
  • Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (v. 15).

Ambas tienen, como ya hemos indicado, un elemento central: el ser, no el hacer, o el parecer. Jesús quiere que lo identifiquemos a partir de lo que es, porque sólo así podremos comprender lo que él hace y actúa en la historia.

El ser de cada uno, ese complejo inacabado y perfectible llamado persona, nos identifica ante los demás y a unos respecto de otros. Desde de lo que somos, afloran las grandes experiencias, las mejores relaciones con el hermano y las más grandes satisfacciones; lo que hacemos, lleva el sello de lo que somos.

El seguimiento de Jesús se consolida cuando los seguidores saben a quién seguir; cuando hay claridad en la identificación que supera toda confusión e incertidumbre.

Mateo nos dice que es Pedro quien responde de inmediato a la pregunta, aunque no a título personal. La simbología evangélica le concede la función de cabeza, que guía no sólo el caminar de una comunidad, sino que anima sus respuestas y decisiones; es la piedra en la que se asienta y sostiene toda la construcción; sus palabras se convierten en una profesión de fe que aflora desde dos fuentes: la experiencia al lado del Maestro y el vivir cotidiano en medio de en una comunidad de hombres que creen, que se equivocan, que dimiten, que luchan, que trabajan, que se enfrentan a la pobreza y a las injusticias; que escuchan la Palabra y se alimentan de ella.

Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!” (vv. 16-17).

Todo lo que podamos decir acerca de Dios, es porque él nos lo revela y porque hemos tenido una especial experiencia de su ser en nosotros. En este contexto se inscriben las preguntas de Jesús, como diciendo: lo que saben de mí es porque otros se lo han dicho, o porque lo han experimentado ustedes mismos…

Pablo, en la carta a los romanos, reconoce que la sabiduría de Dios es rica e inmensa; para conocerla, comprenderla y dar respuesta, es importante aceptar que sólo proviene de él:

¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás el pensamiento del Señor o ha llegado a ser su consejero? ¿Quién ha podido darle algo primero, para que Dios se lo tenga que pagar? En efecto, todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por él y todo está orientado hacia él.(11,33-36).

Si no es posible acceder a Dios -dice Martín Gelabet- “a partir” de ninguna experiencia humana, sino que éstas sólo ofrecen el contexto que hace posible la experiencia de Dios, la única posibilidad que queda para realizar una experiencia de Dios es partiendo no del hombre, sino de Dios. Esto supone, por una parte, que el hombre no sólo es sujeto que pregunta, sino también conciencia convocada. Y por otra parte, supone que Dios no sólo es trascendencia, sino también condescendencia, un Dios que dirige al hombre y le invita a entrar en relaciones con él.[1]

ACTUAR

La pregunta que Jesús lanza es radical; al parecer, no acepta cualquier respuesta, ya que esta debe surgir de la experiencia: ¿Quién dices tú que soy yo?

El Señor no es un artista de moda, ni la Biblia una revista donde él posa. La fe en él tiene que ir más allá de lo aprendido de memoria y de las respuesta convencionales que tomamos del cajón de los recuerdos.

Las respuestas que nos pide el evangelio deben estar libres de estereotipos y condicionamientos; que surjan del corazón, más que de la razón (aunque a veces haya que razonar lo que el corazón siente).

¿Quién dicen ustedes que soy yo?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] Gelabert, M. (1990). Valoración cristiana de la experiencia. Ed. Sígueme. Salamanca. p. 99.

Practiquen la justicia…

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AGOSTO 21 DE 2017.

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO.

La liturgia nos ofrece tres textos en los que se delinea una justicia divina, diferente a la justicia que se alimenta en los criterios del hombre, refuerza, además, la misericordia que abunda en el corazón de Dios y que se da generosa al hombre que se abre a ella y la acoge: Is 56,1.6-7; Sal 66; Rm 11,13-15.29-32 y Mt 15,21-28.

VER

Hoy la justicia es un anhelo, un deseo profundo en el corazón de las sociedades y de los individuos; es el ideal de toda cultura, pero es, al mismo tiempo, la meta inalcanzable de la humanidad, habida de ella, pero carente de estrategias para lograrlo de manera definitiva.

Cuando la justicia no permea la vida, no hay, en consecuencia, paz, armonía, tranquilidad para todos, alegría en el diálogo, respeto de unos por otros; no hay caminos transitables ni noches apacibles, la confianza se desvirtúa balo el espectro del miedo.

La injusticia es, ahora, el fermento del terror, el arma inmaterial que aniquila los derechos del otro; es una gran acá que descuaja los árboles plantados sobre tierra fértil y ciega las miradas, dejando la alusión por vivir en un terreno seco, desolado, bañado de sangre…

La justicia es un grito profundo, desesperado, que está siendo acallado por otro grito, voraz y terrible como bestia insaciable.

JUZGAR

Velen por los derechos de los demás, practiquen la justica, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse (Is 56,1).

El grito del profeta nos interpela y busca despertar la conciencia dormida, irresponsable, del hombre que, aun habiendo conocido al voluntad de Dios, se ha desentendido de sus compromisos, se ha olvidado que ni la justicia divina, ni su salvación, caerán del cielo; se harán realidad en la medida que el hombre vele por los derechos de su hermano y haga de la justicia su práctica fundamental de vida.

El texto de Isaías adquiere una nueva dimensión en el evangelio de Mateo: la mujer cananea es, probablemente, víctima de la injusticia (social, política y religiosa): mi hija está terriblemente atormentada por un demonio (Mt 15,22) y ha descubierto en Jesús el camino de la salvación; su situación territorial la pone fuera de la ley, pertenece a un pueblo pagano, contrario a las tradiciones judías. Ni ella, ni su hija, tienen la posibilidad de recibir el perdón, o el derecho de ser acogidas y escuchadas, ambas son excluidas e impuras (cf. Luis A. Schökel), su único panorama es, tal vez, la muerte. El escenario de fondo, Tiro y Sidón (v. 21), es un tierra extranjera, tierra de paganos, donde Jesús se hace presente para dar a conocer el proyecto del Reino y la Buena Nueva de Salvación.

Isaías anuncia lo que la mujer cananea hace realidad con su decisión y su actitud ante Jesús:

  • Is 56,6-7: A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a mi alianza, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos en mi altar, porque mi templo será casa de oración para todos los pueblos.
  • Mt 15,25: Ella se acercó entonces a Jesús y, postrándose ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”.

La reacción de Jesús es desconcertante, no le contestó una sola palabra (v. 23); pareciera que sólo habría venido a tierra de extranjeros para pasar de largo y poner en entredicho, él mismo, la universalidad de su mensaje: Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel (v. 24).

Los discípulos, después de tanto tiempo con el Maestro, no han sido capaces de comprender ni hacer suyas, en sus acciones, las palabras del profeta: velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia (Is 56,1); incómodos, buscan una solución práctica para alejar a la intrusa: Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros (v. 23).

No obstante, la mujer cananea, superando todas las adversidades, se acercó a Jesús (v. 25), con una expresión de fe que surge de la pureza del corazón (cf. Luis A. Schökel), le dijo confiada y segura: ¡ayúdame!

El diálogo que se establece entre la mujer y Jesús (vv. 26-28), más allá de agudizar el desconcierto, contiene la fuerza de un mensaje profundo y cuestionador para todos. Con un sutil sarcasmo, Jesús adopta la misma actitud de rechazo que la comunidad judía y los discípulos han demostrado ante los extranjeros, los paganos y los pecadores: se comporta indiferente y le niega, aparentemente, la posibilidad de ser partícipe de la salvación; de manera indirecta la llama “perrito”, porque a los extranjeros, a los leprosos, a los impuros, se les trata como a perros para ahuyentarlos de la comunidad. Sus crudas palabras no hacen más que poner en evidencia aquello que la comunidad, y muchos de nosotros, hace de manera habitual con los pecadores:

No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perrito (v. 26).

Si bien es verdad que la actitud de Jesús es provocadora, la respuesta de la mujer cananea es aún más, en primer lugar, porque con la afirmación es cierto, con la que inicia el versículo 27, se une a la crítica de Jesús y, juntos, desenmascaran las injusticas: es cierto que los hombres no comparten el pan con los pobres, que no abren sus casas a los necesitados, que no velan por los derechos de los demás (aun de los extranjeros), ni practican la justicia; es cierto que los tratan como a los perros, porque una mujer extranjera no tiene derechos de ninguna índole; en segundo lugar, de la crítica se pasa a la denuncia, partiendo de la realidad: los pobres tienen hambre y no les queda más que comer de lo que desechan los amos: las migajas. Cuando está de por medio la vida y la dignidad de un hijo, de una hija, no importa lo que se tenga que hacer…

En el diálogo entre Jesús y la mujer cananea encontramos un rostro distinto de Dios, que se muestra cuestionador, pero abierto a las necesidades de sus hijos; un Dios que no se cierra ni se mantiene impasible en su trono, sino que incluso, discute, debate, acepta los argumentos del otro y se conmueve. En la respuesta final de Jesús confluyen dos realidades: la misericordia de Dios y la fe del hombre; una fe que todo lo puede y un gesto de misericordia que es generoso con todos.

Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquél mismo instante quedó curada su hija (v. 28).

El don de la fe -comenta Luis A. Schökel- no conoce fronteras de raza, cultura o condición social. Con este milagro y la alabanza pública de la fe de la mujer, Jesús está señalando la nueva comunidad universal que ha venido a inaugurar, como alternativa a todos los exclusivismos de su tiempo y de nuestro tiempo (La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Sta. María Eugenia Milleret, desde su experiencia profunda del evangelio, tenía claro que Jesucristo trae una liberación que transforma la sociedad.

El evangelio, siempre con esa proyección social, nos ha demostrado que así debe ser; no podemos quedarnos sin hacer nada, o apurando un milagro, como lo hicieron los discípulos, para deshacernos lo más pronto posible de las realidades que nos interpelan.

La liberación que trae Jesucristo es la del corazón, del egoísmo, de la indiferencia, para que así, liberados, podamos empeñarnos en la transformación de las sociedad.

Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia… (Is 56,1).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Soy yo…

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Dios no estaba ahí…

AGOSTO 13 DE 2017

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Después de la solemnidad de la Transfiguración del Señor, que es una manifestación, o epifanía, la liturgia, retomando la dinámica del Tiempo Ordinario, nos presenta tres textos (1Re 19,9.11-13; Sal 84; Rm 9,1-5 y Mt 14,22-33) con los que resalta dicho tema: Yahvé se manifiesta a Elías y Jesús, por su parte, a los discípulos en medio de la tormenta.

VER

Lo extraordinario atrae nuestra mirada y atrapa la atención de los incautos, “no todo lo que brilla es oro”. Corremos el riesgo, siempre latente en este mundo cargado de innovaciones, de no ver en los acontecimientos ordinarios la sencillez de las cosas que poseen un verdadero valor. Los sentidos se confunden en la fascinación del “parecer” y el “aparentar”; creyendo haber visto la verdad, nos precipitamos en el abismo del engaño, hasta sucumbir en la decepción que nos arrebata la esperanza.

A veces, los hombres jugamos un doble papel ante la realidad, uno, es resultado de los deseos y  el libre albedrío: nos sometemos (consciente o inconscientemente) al poder, a la fama, a la necesidad de poseer; el otro, es la consecuencia no prevista (hay cosas que nos ciegan), pero latente, de ese sometimiento: el miedo.

JUZGAR

Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar (1Re 19,11).

¿Cuánta semejanza encontramos entre la vida de Elías y la nuestra?: Dios ha pasado frente a nosotros. No obstante, hay una diferencia esencial: él fue capaz de descubrirlo en medio de una terrible confusión, nosotros tal vez, aún no.

El profeta huyó al desierto, amenazado de muerte y perseguido por el miedo y la incertidumbre; sus acciones, marcadas y motivadas por la fidelidad a Yahvé, el único Dios verdadero, lo han puesto en entredicho y duda de sí mismo, lo único que deseaba era morir (1Re 19,3-4). Pero Yahvé, no sólo ha puesto su mirada en él, sino que lo ha penetrado con su Espíritu para hacerlo su profeta, Él mismo lo conducirá al Horeb, el monte de Dios (v. 8), al reencuentro.

En un instante, una noche (v. 9), simbólico y profundo, Elías se enfrenta a sí mismo, en la soledad de la cueva y en la oración, hasta escuchar la voz del Señor; luego, se enfrenta a la realidad, a la adversidad y a la ilusión engañosa que provocan el poder y la magnificencia de la idolatría, representados en el huracán, en el terremoto y en el fuego (vv. 11 –12), hasta distinguir que Dios no está ahí. Ha vivido un proceso largo y doloroso para experimentar, en ese lugar y en ese momento, la sutil presencia de Yahvé. Primero -dice Schökel- ha tenido que alejarse de la urbe, cruzar el desierto, subir a la soledad de la montaña; después ha tenido que descubrir la ausencia de Dios en los elementos tumultuosos; finalmente, acallado el tumulto, la voz callada trae la presencia que sobrecoge (La Biblia de Nuestro Pueblo).

El primer libro de los Reyes y la mística experiencia de Elías, nos dan los elementos necesarios para comprender lo que narra el evangelio de Mateo (14,22-33). Encontramos dos escenas que confluyen en un mismo hecho, o realidad: la primera, en el versículo 23, vemos a Jesús subir al monte para estar allí a solas, durante la noche, en oración. De este momento de encuentro consigo mismo, con su misión y con el Padre, pasa al encuentro con la adversidad y con la realidad: un viento contrario (v. 24); la segunda escena, de los versículos 25-33, nos presenta una barca (la comunidad, el pueblo) amenazada por la olas y el viento contrario (v. 24), y en ella a los discípulos (los seguidores) sobrecogidos por el miedo y la incertidumbre.

Los discípulos están allí y Jesús viene a ellos, ambos en el mismo contexto y la misma realidad: un mar agitado y amenazante. Ninguno de los doce, en la ofuscación, ha sido capaza de distinguir al Señor, sólo ven un fantasma (v. 26), una ilusión provocada por el miedo y el sometimiento de la razón cuando no es capaz de ver más allá de la noche y la oscuridad.

¡Es un fantasma! Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo en seguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo” (vv. 26-27).

Aquí, entra en escena Pedro, quien toma la iniciativa de enfrentar la duda y el miedo. Encontramos, tal vez, un cierto paralelismo con la vivencia del profeta Elías, ambos escuchan una voz que los interpela: sal de la cueva (1Re 19,11) y ven (Mt 14,29). Para distinguir el rostro de Dios en medio del caos es indispensable salir a su encuentra, buscarlo en medio de la refriega.

La fuerza del mensaje radica en el contraste que Mateo establece entre Jesús y Pedro, haciéndolos confluir en un mismo panorama: Jesús camina sobre el agua (v. 25) y Pedro le pide ir hacia él, caminando sobre el agua (v. 28); Jesús, después de orar, se enfrenta a la adversidad y al poder que amenaza la vida del hombre, Pedro, envuelto en la oscuridad de la noche, la misma noche, quiere enfrentar la adversidad, pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse… (v. 30).

El grito de Pedro es el mismo grito de la humanidad; de los hombres que se hunden en la voracidad de los problemas, de las desilusiones, del sin sentido, de la desesperación y la desesperanza. Representa el vacío que provoca la ausencia de Dios y la negación de su presencia en medio de nosotros. El mar agitado, del que hablaba Sta. María Eugenia Milleret, puede ser la adversidad cotidiana que inunda nuestros corazones, nuestra mente, nuestra vida… y nos ahoga.

¡Sálvame, Señor! Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿porqué dudas?” (v. 31).

ACTUAR

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en a la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (vv. 32-33).

En la tormenta del mundo actual, para muchos Jesús aparece como un fantasma y provoca miedo. Un fantasma que con su doctrina de igualdad y liberación puede poner en riesgo el sistema neoliberal; un fantasma que con su pasión por la vida y por el respeto a la dignidad de cada persona, cuestiona las ambiciones y la vida placentera a la que el mundo convoca; un fantasma que con sus exigencias de rectitud y justicia pone en evidencia la economía del más fuerte. Un fantasma que cuestiona toda nuestra filosofía actual, porque nos dice que hay más importancia en el servir que en el servirse; que hay mayor valor en el dar que en el apoderarse; que es más grande el más pequeño. Y a este “fantasma” se le ataca, se le denigra o se le desprecia. Preferimos ignorarlo, o decir que es invención y lo dejamos a un lado, sin hacerle mucho caso, con un poco de temor, sin comprometernos con él. Jesús exclama también hoy: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”, con todo lo que estas palabras indican. La manifestación de un Dios, “Yo soy”, que viene a dar paz y a tomarnos de la mano. Un Dios que navega con nosotros en medio de las peores tempestades. No viene para quitar las tempestades, sino para asegurarnos su presencia en medio de ellas y junto con Él vencerlas a pesar de nuestros miedos (Mons. Enrique Díaz Díaz, en https://es.zenit.org/articles/no-teman-soy-yo/)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¡Levántense…!

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AGOSTO 6 DE 2017

DOMINGO: LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Este domingo rompe, en cierto sentido, la secuencia del tiempo ordinario, pero lo enriquece con la solemnidad de la transfiguración del Señor. Si los textos de los domingos anteriores insistieron en las arábigas que hablan del Reino, hoy, es la voz que debemos escuchar, para comprender la dinámica no sólo del Reino, sino de toda la Revelación. Los textos de la liturgia para hoy son: Dn 7, 9-10.13-15; Sal 96; 2Pe 1,16-19 y Mt 17,1-9.

VER

A la gente, en general, le gusta hablar de cosas y acontecimientos extraordinarios, muchas de ellos creados por la imaginación, por la fantasía e, incluso, por las expectativas que se tengan de la vida. Por ejemplo, hablamos de seres extraños, de extraterrestres, de espíritus que se aparecen y rondan por las casas, etc., y la convicción de “haberlo visto” es tan fuerte, que produce cambios y transformaciones en los testigos…

En realidad, no estamos hablando de una transformación verdadera, o de una transfiguración, sino de una afectación que, incluso, puede trastornar la psique o la conducta de la persona. Las verdaderas transformaciones son aquellas que cambian, a veces de manera radical, el interior del hombre; las que lo llevan a una conversión en todos los sentidos y desde todos los ámbitos: un nuevo pensar, un nuevo sentir y un nuevo actuar. Se produce un cambio en el individuo, una trans-figuración, porque hay en su corazón algo que lo motiva, lo mueve, lo saca de sí, y lo lleva por otros caminos y hacia otros horizontes.

JUZGAR

Este es mi Hijo, escúchenlo… (Mt 17,5).

Transfigurar significa “cambiar de figura, o de aspecto”. Muchas veces, decíamos arriba, utilizamos el concepto para indicar cómo alguna persona se transfigura después de haber visto algo maravilloso o impactante. Por ejemplo: cuando alguien recibe la noticia de que los estudios médicos y los resultados obtenidos confirman que no tiene cáncer, provocando, así, una transfiguración en su semblante y en su mirada; o vemos cómo el rostro de un niño se llena de alegría y sorpresa cuando ve sus regalos de navidad; o cuando una chica ve pasar por la calle, cerca de ella, al chico que le gusta, de quien está enamorada, toda ella se transfigura…

A Jesús le sucedió algo parecido, aunque con otro nivel de intensidad: vio la gloria del Padre y frente a él estaban Moisés y Elías (Mt 17,3). Esto significa que la santidad de vida de Jesús y la profundidad de su oración, le permitían tener una comunicación directa y extraordinaria con el Padre y conocer, así, su voluntad, para luego ponerla en práctica.

Sabemos que dos aspectos fundamentales en las enseñanzas y en las obras de Jesús son la liberación de los oprimidos y la fidelidad al único Dios verdadero; esa es la razón por la que aparecen allí, frente a él, Moisés y Elías:

  • Moisés es símbolo de la acción liberadora de Dios.
  • Elías representa la fe en el único Dios de Israel.

De este acontecimiento fueron testigos Pedro, Santiago y Juan: escucharon la voz del Padre y vieron asombrados cómo su maestro se transfiguraba. Lo interesante de esto es que las palabras fueron dirigidas a ellos, no sólo como una enseñanza, sino como un mandato que, si lo cumplían, transformaría sus vidas, por eso no debían quedarse allí, contemplando el espectáculo: Levántense, no teman (Mt 17,6).

Pedro, en su segunda carta, habla de lo que vivió en aquél momento, lo recuerda, lo comparte y da testimonio: no fue mentira, tampoco una fábula (2Pe 1,16). Fue una gran experiencia transformadora:

Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo, mientras estábamos con el Señor en el monte santo: es como una lámpara que ilumina en la oscuridad (2Pe 1,18-19).

Acomodando la transfiguración al nivel de nuestras vidas y a la vivencia cotidiana de nuestra fe, tendríamos que hablar de conversión, sabiendo que es un movimiento y un proceso que, no importando el tiempo que se lleve para dar frutos (siempre y cuando no sea eterno), parte de una acontecimiento determinante, fundante, con el que inicia, justamente, un cambio (una transfiguración) en toda la persona.

Todos los días somos testigos de esa misma voz que nos dice éste es mi Hijo, escúchenlo (Mt, 17,5); testigos de esa voz que se hace sentir en los acontecimientos de la historia, en la pobreza que arrastra a tanta gente, en el desempleo, en las enfermedades, en la desesperación y la desesperanza que provocan la violencia, las guerras y la corrupción. Pero también en los gozos y las esperanzas de los hombres de nuestro tiempo (GS 1).

¡Levántense y no teman! Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús (Mt 17, 7-8).

Ante la confusión, provocada por el motivo que sea, el único referente es Jesús; para poderlo mirar y distinguirlo de entre todo lo que nos ofusca, se necesitan dos cosas: estar de pie y enfrentar la realidad (levantarse y no tener miedo); bajar del monte (v. 9), para vivir la experiencia con los pies en la tierra.

ACTUAR

Al término de la experiencia admirable de la Transfiguración, los discípulos descienden de la montaña (cf. v.9) Los ojos y el corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el camino que nosotros podemos hacer también. El descubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es un fin en sí, sino que nos induce a “descender de la montaña” revigorizados por la fuerza del Espíritu divino para decidir a dar nuevos pasos  de conversión auténtica y para testimoniar constantemente de la caridad, como ley de nuestra vida cotidiana (Papa Francisco, Angelus, agosto 6 de 2017).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Un tesoro y una perla…

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JULIO 30 DE 2017

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

El domingo XVII nos presenta, nuevamente en el evangelio de Mateo (13,44-52), las parábolas, o imágenes, del Reino, que se complementan con la sabiduría divina, que da sentido no sólo a la vida del creyente, sino a sus decisiones y su proceder (1Re 3,5-13).

VER

“Éxito, poder y dinero…”. Tres deseos que rondan el corazón y los pensamientos del hombre, con ellos sueña e idealiza su vida; cuando los alcanza, del modo que sea, o lo alcanzan a él, su vida, su quehacer, su proceder, sus actos, se orientan en función de eso, a veces de manera insaciable.

Nos hemos ido acomodando (literalmente: “acomodando”) a un modelo de sociedad competitiva, que nos empuja a buscar el “más” (cuantitativo y no cualitativo) en todo, del que aflora una lucha no sólo contra los otros, sino con nosotros mismos: la intranquilidad e insatisfacción de no quedar por debajo de nadie, ni ser menos que los demás; no tener menos que otros ni ser despreciados por un status inferior…

La competitividad, que en sí puede ser positiva para el desarrollo de la persona, dado que pone en acto sus capacidades y seguir adelante motivada por sus logros, se ha convertido en una ambición desmedida por tener, olvidando la importancia del ser, una competencia inhumana y desleal en la que ganan los que más tienen (fuerza, poder, dinero…).

En contraste, recuerda el Papa Francisco, la espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco (LS 222).

JUZGAR

En aquellos días, el Señor se le apareció al rey Salomón en sueños y le dijo: “Salomón, pídeme lo que quieras, y yo te lo daré”.

…te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande? (1Re 3,5.9).

¿Qué tantas cosas pedimos que no corresponden a lo que necesitamos? No somos reyes como Salomón, pero somos responsables en algunas situaciones, comenzando por la propia vida, de los hijos que hemos engendrado, el matrimonio, el trabajo; el puesto que se nos ha encomendado y los trabajadores a nuestro cargo, etc. Lo que sea, tendremos que tomar decisiones, discernir entre lo bueno y lo malo, lo conveniente para todos y lo que nos puede perjudicar.

La sabiduría comienza a actuar en la historia y en los procesos de la vida humana, cuando el hombre reconoce lo que es realmente y actúa con humildad: yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar… (1Re 3,7). Pero tal humildad no puede ser vista como una simple actitud derrotista o conformista, que nos autolimita (“no soy más que un muchacho”), sino como la apertura del individuo a la acción de Dios en él, disponibilidad total a escuchar su voz, su Palabra, y caminar bajo la guía de su Espíritu. Al respecto, decía Sta. Teres que Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad (7M, 10,7). La verdad de nuestro propio ser (humildad) ante la suma Verdad, que es Dios.

La juventud de Salomón, como la de Samuel, David, o Jeremías, es un signo de contradicción y representa un cambio de paradigmas, dado que el saber y la experiencia (sabiduría) siempre están en relación con la madurez del hombre y su avanzada edad (vejez); ahora es distinto, la lógica de Dios no lleva el mismo camino que la lógica humana, dicha juventud es garantía de novedad, de apertura, de disponibilidad, de asombro.

Sólo la sencillez y la apertura del corazón humano permiten descubrir las riquezas de la revelación divina, escondidas debajo de tanta falsedad y de tantos espejismos que engañan nuestra mirada. Mateo (13,44-52), utilizando su peculiar estilo de los contrastes, nos presenta a Jesús hablando del Reino, nuevamente por medio de parábolas; nos encontramos aquí con tres, en las que Jesús resalta dos aspectos esenciales en el modo de relacionarnos con la sabiduría que brota abundante del reino y de la palabra de Dios: la renuncia y el discernimiento.

El trabajador del campo (v. 44) y el comerciante de perlas (v. 45), al encontrarse con la inesperada y valiosa riqueza oculta en un tesoro y en una gran perla, se ven en la necesidad de discernir qué vale más, lo que ya poseen, o lo que acaban de encontrar, y tomar una decisión al respecto: renunciar, ¡o no hacerlo!. Con la parábola de la red de los pescadores (v. 47), en sintonía con la parábola de la cizaña (13,24-30), Mateo insiste en lo que será el desenlace del reinado: el fuego acabará con la cizaña y con los pescados malos. Con ello, Jesús no intenta amenazar ni infundir terror, sino resaltar lo extraordinariamente importante que es el don que se ofrece y lo decisivo de la respuesta de la persona (Luis Alonso Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Las dos primeras parábolas encarecen el valor del reinado de Dios, al cual hay que sacrificar todos los demás valores. El hombre que descubrió el tesoro descubrió lo que no buscaba, mientras que el buscador de perlas encontró lo que no se atrevía a imaginar. No se entra en el reinado de Dios por los propios méritos, sino que es un don que se ofrece y que pide una respuesta. A los afortunados con el hallazgo les queda por delante la labor de toda una vida, la de ir subordinando todo (vender todas las posesiones, dice Jesús) a la causa del reino. El reino se convierte en el único valor absoluto para quien lo descubre; es la mayor riqueza para el seguidor de Jesús (Luis Alonso Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

El Papa Francisco añada algo más al sentido de las parábolas del reino: la búsqueda.

…Es verdad que el Reino de Dios se ofrece a todos, es un don, es un regalo, es una gracia. Pero no se pone a disposición en una bandeja de plata, exige un dinamismo: se trata de buscar, de caminar, molestarse.

La actitud de la búsqueda es la condición esencial para encontrar… (Angelus, 30/07/2017).

A lo que podemos añadir el compromiso de compartir, buscar y caminar con los demás. Así lo plantea Mateo: Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas (v. 52).

  • ¿Qué tesoros hemos descubierto a lo largo de nuestra vida? ¿Los compartimos con otros?
  • ¿Cuántas perlas valiosas hemos encontrado en nuestras búsquedas? ¿Les damos el valor que les corresponde?
  • ¿Qué valores enseñamos y transmitimos a nuestros hijos?
  • ¿Es el reino nuestro gran tesoro, la única perla que vale por todo lo demás?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Trigo o cizaña…

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JULIO 23 DE 2017.

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO.

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta, como siempre, tres textos (Sab 12,13.16-19; Rm 8 26-27 y Mt 13,24-43) y con ellos nos hablará nuevamente del Reino. Veremos que en el evangelio Mateo retoma el símbolo de las semillas y de la tierra, agregando el de la levadura, para establecer con ello el paralelismos entre Palabra (semilla), escucha-acogida (tierra) y perseverancia (trabajo, cuidado, frutos, abundancia).

VER

“El reino de los hombres…” es semejante a cosas grandiosas, magníficas, majestuosas; grandes proyectos, construcciones impresionantes, incalculables riquezas, ambiciosos beneficios… Pero, ¿todo surge de un corazón generoso?

En el fondo de todo, tal vez, no hay pequeñas semillas, ni la sencilla eficacia de la levadura, de tal modo, que nada de eso ha echado raíces en la tierra del bien común. Crece como la cizaña que invade los cultivos y los ahoga, se impone sobre la planta fértil y sobresale en el horizonte, pero sólo es cizaña de raíces superficiales, que al final del tiempo previsto para la cosecha se secará.

Cuando la justicia y el bienestar pierden de vista el referente humano dejan de tener sentido y no alcanzan su verdadero objetivo:

Con todo esto has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano y has llenado a tus hijos de una dulce esperanza… (Sap 12,19).

JUZGAR

El reino de los cielos es semejante a…

Los textos, en conjunto, resaltan tres elementos que, desde la perspectiva del evangelio, integran nuestra vida de fe:

  • Creemos en un Dios justo y misericordioso.
  • Su Palabra es semilla que da frutos abundantes.
  • Nosotros somos la tierra donde crece esa semilla, o donde muere.

El libro de la Sabiduría (12,13.16-19) y el evangelio de Mateo (13,24-43) nos revelan un aspecto maravilloso del Dios de Israel:

  • Que siendo un rey que, tal vez, tenga el poder para castigar, es por el contrario misericordioso con todos (12,13 y 16), al pecador le da tiempo para que se arrepienta (v. 19).
  • Ese mismo Dios, permite que el trigo y la cizaña crezcan juntos; en su justicia, también la cizaña tiene el derecho divino de crecer, permanecer y vivir hasta el último momento, le da tiempo…

Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha (Mt 13,30).

El reino de los cielos, que conocemos a través de la Palabra revelada, es como la semilla de mostaza y como la levadura que, siendo pequeñas e insignificantes, transforman el corazón del hombre, haciéndolo generoso y abundante: como un árbol donde los pájaros anidan, o una masa que fermenta, convirtiéndose en un pan que rinde para todos (Mt 13,31-33).

El campo es el mundo (Mt 13,38) y el mundo somos nosotros, la tierra donde se siembra la semilla. Ahora bien, si la Palabra, que es la semilla, es un don, la tierra también lo es: la hemos recibido del Dios creador para cuidar de ella y hacerla producir.

…Si la tierra nos es donada, ya no podemos pensar sólo desde un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual. No estamos hablando de una actitud opcional, sino de una cuestión básica de justicia, ya que la tierra que recibimos pertenece también a los que vendrán… (LS 159).

El evangelista Mateo utiliza constantemente el recurso de los contrastes, a veces radicales, para ubicar al oyente y que tome postura, poniendo como referente los logros que el hombre alcanza, no sólo al final de su vida sino a lo largo de su existencia: Por sus frutos los reconocerán… Un árbol sano da frutos buenos, un árbol enfermo da frutos malos. El árbol que no da frutos buenos será cortado y echado al fuego (7,16-17.19).

El criterio de la separación, como se dirá más adelante en el juicio de las naciones (25,31-46), será la opción la opción por el pobre y el necesitado. Quien haya hecho esta opción en su vida habrá sido buena semilla en su reinado, aunque no haya pertenecido explícitamente a la Iglesia; quien no, será cizaña. Mientras tanto, estamos en el tiempo de la paciencia histórica de Dios, el ámbito de su misericordia donde siempre es posible la conversión y el cambio (L. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Encontramos un elemento más en la carta de Pablo a los romanos, que se convierte en línea de acción para nosotros: Dios siempre nos da la oportunidad de vivir y seguir creciendo hasta el final, para ello, nos ofrece una ayuda: el Espíritu.

Hermanos: El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que conoce profundamente los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega conforme a la voluntad de Dios, por los que le pertenecen (Rm 8,26-27).

  • Si el Espíritu habita en nosotros, entonces podemos ser semilla de mostaza y levadura en nuestra familia, en la comunidad, en la sociedad, en el mundo.

El que tenga oídos, que oiga… (Mt 13,43).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.