Dios proveerá…

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abraham

 

FEBRERO 25 DE 2018

DOMINGO II DE CUARESMA

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Sobre las bases de la cultura moderna se promueve una calidad de vida sustentada en el bienestar, la comodidad, la funcionalidad y la practicidad, donde no es viable hablar de sacrificios, o grandes esfuerzos.

Considerada una práctica obsoleta, difícil de observar, sacrificarse es cosa del pasado. Hoy, el hombre busca un modo de vida que equivalga a estar bien siempre, sin sobresaltos, penurias, carencias o negaciones innecesarias.

El sufrimiento, connatural a nuestra condición, no se asume como una oportunidad o como una experiencia que nos enseñe algo, sino como amenaza, como un mal que se debe evitar a costa de lo que sea.

Nada que provoque dolor es pertinente, tampoco aquello que implique dar de sí mismo, ceder o compartir. Cuando el otro no cuenta, la vida se acentúa sólo como derecho y pierde su esencia de don, de donación, de sacrificio… Lo que se evita para sí, se provoca en los demás (pobreza, injusticia, abandono).

Además, la fascinación por el mundo moderno, la tecnología, la moda, las innovaciones de toda índole nos ha hecho dependientes, pasivos, antisociales, disfuncionales. Las maravillas que se abren a nuestros ojos nos paralizan, llegando al punto de creer que sólo allí se está bien…

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Toma a tu hijo único…, a quien tanto amas; …ofrécemelo en sacrificio, en el monte que yo te indicaré (Gn 22, 2).

Un sacrificio, cualquier que sea, provoca repudio, porque lo vemos de manera trágica: como aniquilación, masacre, negación, o muerte…, cuando en realidad, es una acción cuya finalidad radica en consagrar algo nuestro a otra persona. En ese dar y compartir, se otorga a lo consagrado la condición de sacralidad. Eh aquí el sacrificio de las cosas: hacerlas sacras.

Probablemente Abraham se sintió angustiado por la magnitud de los acontecimientos, era una petición venida de Dios y él, era un hombre de fe. Tal vez, sintió el mismo repudio que nosotros sentiríamos ante una situación semejante, pero a Dios no podía negarle absolutamente nada. Escuchó su llamado, respondió sin titubeos e imaginó el sacrificio con las pautas del miedo. Miedo a Dios, a sí mismo, a su futuro…

Abraham representa a los hombres de fe que no han madurado, porque no se han desprendido aun de todo aquello que los ata y les impide confiar su corazón, su vida, sus pensamientos en absoluta libertad a la misericordia de Dios. El Señor no exige desprendimientos absurdos, desea que nuestro haber se ponga a su servicio, consagrándolo, sacrificándolo, compartiéndolo con Él.

El monte es el lugar privilegiado por Dios para los encuentros, sólo allí, Abraham descubrirá lo que nunca imaginó:

No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios, porque no le has negado a tu hijo único (v. 12).

Abraham tenía contemplado regresar a casa con las manos vacías, con la esperanza muerta y las ilusiones diluidas en el desconsuelo por haber cumplido un “capricho de Dios”. En cambio, esta prueba lo llevó por otros rumbos en su proceso de fe, hasta tomar conciencia de que está ante un Dios de vida, que no quiere ni exige sacrificios humanos (cf. Luis A. Schökel). Entonces, volvió a casa, con una bendición y una promesa que rompía todo paradigma: multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar (v. 17).

Solo quien intuye, como Abraham en medio de la noche oscura de su fe, que de un sacrificio incondicional, doloroso e inevitable pueden brotar cosas mejores, aprenderá, a lo largo del camino, que Dios proveerá (v. 8).

La historia no termina aquí…

Pablo, en su carta a los romanos, nos enseña algo maravilloso: Dios ha tomado el puesto de Abraham y en el sacrificio de su propio Hijo, nos lo ha dado todo, consagrándonos:

El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó a todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? (8,32).

Cuando arropamos en el corazón la certeza que Dios provee (Gn 22,8), se refuerza la confianza de saber que está a nuestro favor (Rm 8,31). No hay duda. La parusía, que es una experiencia de encuentro con Dios y su proyecto, justo en el monte, así lo confirma: Éste es mi Hijo amado, escúchenlo (Mc 9,7).

Escuchar, desde la economía salvífica, significa ponerse en camino, como Abraham; asumir que el sacrificio de la propia vida, como el del propio hijo, siempre es recompensado con abundancia. Escuchar, es descubrir que la voz del Padre se pronuncia con el lenguaje del Hijo.

Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma (S. Juan de la Cruz, D 99).

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La fascinación por lo extraordinario y maravilloso nos ha hecho dependientes, pasivos, antisociales, disfuncionales…, de tal manera, que, como Pedro, nos decimos: ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres tiendas… (Mc 9,5). Como él, dice Schökel, son muchos los que prefieren la comodidad de la montaña antes que bajar de ella para enfrentar los riesgos de la vida cotidiana (La Biblia de Nuestro Pueblo).

En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de espe­ranza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es « sudor de nuestra frente ». En cambio, nos entretenemos vanidosos hablando sobre « lo que habría que hacer » —el pecado del « habriaqueísmo »— como maestros espirituales y sabios pastorales que señalan desde afuera. Cultivamos nuestra imaginación sin lími­tes y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel. (Papa Francisco, EG 96).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

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Diluvios…

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FEBRERO 18 DE 2018

DOMINGO I DE CUARESMA

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Un viaje a bordo del metro, un lapso de treinta minutos, entre empellones, apretujones y una normalizada indiferencia entre pasajeros, intento observar, lo mejor que puedo, cada rostro, sus miradas, el gesto, sus actitudes… Aunque algunos dialogan, la mayoría viaja en silencio, ensimismados en sus pensamientos y aislados por la música que fluye desde el dispositivo hasta sus oídos a través del auricular; unos duermen, otros cabecean y los menos, leen un libro, la Biblia, o el periódico extremista, amarillista, espectacular que ofrecen de manera gratuita a la entrada de las estaciones.

En medio de esa masa humana, sobresalen rostros tristes, de preocupación evidente, con la mirada perdida en un pasado que ya no se recupera; de sus ojos cristalinos emana dolor, cansancio, hastío, desesperación, desilusión. Cuentan con los dedos quién sabe qué cosa: ¿dinero, tiempo, días, familia…? Se quedan en un espasmo, inmersos en la duda, como dándose por vencidos; cierran los ojos y continúan su viaje hasta la próxima estación, tal vez esperando que el tren se detenga, junto con el tiempo…

Me pregunto qué habrá en su corazón, qué tempestades estarán librando, o qué diluvio los habrá arrastrado. ¿Habrá un brazo que los cobije, o una palabra que les devuelva la esperanza? Una señal, tan sólo una señal.

JUZGAR

Esta es la alianza que establezco con ustedes: No volveré a exterminar la vida con el diluvio ni habrá otro diluvio que destruya la tierra… No volverán las aguas del diluvio a destruir la vida (Gn 9,11.15).

Cualquier persona, con los ánimos apocados, ante una adversidad se lamentará diciendo ¿por qué Dios nos hace esto?: nos da la vida y nos la arrebata; luego, arrepentido, nos la devuelve a manos llenas, prometiendo no volvernos a tocar. Es la percepción que el hombre tiene de Dios cuando sólo mira a través del dolor y el sufrimiento que hay en su corazón.

La causa del diluvio y la destrucción no es Dios, es el proceder humano que no sólo se aleja de él y sus preceptos, sino de todo compromiso con el hombre y la creación:

La tierra estaba corrompida ante Dios y llena de crímenes. Dios vio la tierra corrompida, porque todos los vivientes de la tierra se habían corrompido en su proceder (Gn 6,11-12).

El Génesis nos revela la decisión que tomó Yahvé: exterminar todo lo que vivía (v. 13), pues de ello sólo se obtenía muerte y oprobio. Nos encontramos ante el reto que representa el lenguaje simbólico que, en este caso, trata de explicar la magnitud del problema y “justificar” que algo así, sólo puede venir de las manos de Dios. No obstante, lo que el texto nos dice en realidad, es que el hombre, cuando llega al límite y no hay remedio, se hace consciente de su irresponsabilidad, sabe que merece un castigo. El diluvio, es la consecuencia lógica de algo que se pudo evitar si el pueblo hubiese mantenido su fidelidad a Dios y hacerse plenamente responsable de su vocación primordial: llamado a vivir, centro de la creación, creado a imagen y semejanza de su Señor.

El diluvio que arrasa con todo es un doloroso proceso de re-creación y re-construcción, que pasa de la decepción y el fracaso, al resurgimiento de la vida y revaloración del hombre desde la misericordia y el perdón. Así, nos encontramos con una de tantas alianzas que Dios pacta con los suyos:

…pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra. No volverán las aguas del diluvio a destruir la vida (vv. 13 y 15).

Al cobijar a la humanidad entera bajo la alianza con Noé se afirma la paternidad general de Dios sobre todos los seres vivos. El signo, también universal, es el arco iris… (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

La naturaleza nos recuerda, de vez en cuando, que Dios siempre está presente, abrazándonos en todo momento y bajo cualquier circunstancia. A nosotros toca reconocer los diluvios que provocamos y nos llevan a la autodestrucción.

El Papa Francisco, durante la homilía del miércoles de ceniza, nos llama la atención para mirar, desde nuestra vida y nuestra realidad, todo aquello que nos amenaza:

Las tentaciones a las que estamos expuestos son múltiples. Cada uno de nosotros conoce las dificultades que tiene que enfrentar. Y es triste constatar cómo, frente a las vicisitudes cotidianas, se alzan voces que, aprovechándose del dolor y la incertidumbre, lo único que saben es sembrar desconfianza. Y si el fruto de la fe es la caridad —como le gustaba repetir a la Madre Teresa de Calcuta—, el fruto de la desconfianza es la apatía y la resignación. Desconfianza, apatía y resignación: esos demonios que cauterizan y paralizan el alma del pueblo creyente (febrero 14/2018).

Para ello, para sobreponerse a las adversidades y vencerlas, Marcos nos da la pauta: movidos por el Espíritu (1,12). También Jesús (y así lo constatan los evangelios sinópticos) se enfrentó, como hombre, a los mismos retos, a las mismas tentaciones de la humanidad. La clave, es dejarse guiar por el Espíritu; cuando es así, surge la conversión del corazón y la disponibilidad para creer en el evangelio, entonces se constata que se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca (v. 15).

ACTUAR

Retomando la homilía del Papa Francisco, encontramos una propuesta para caminar, no sólo por el camino de la cuaresma, sino también el de la Pascua:

La Cuaresma es tiempo rico para desenmascarar éstas y otras tentaciones y dejar que nuestrocorazón vuelva a latir al palpitar del Corazón de Jesús. Toda esta liturgia está impregnada conese sentir y podríamos decir que se hace eco en tres palabras que se nos ofrecen para volver a«recalentar el corazón creyente»: Detente, mira y vuelve (febrero 14/2018).

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza (Sal 24).

Mario A. Hernández  Durán, Teólogo.

Quiero: ¡sana!

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leproso

FEBRERO 11 DE 2018

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

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“¿Me da una limosna?”, “una cooperación para la medicina de mi enfermo…”, “una ayuda, por piedad”, “algo con lo que pueda cooperarme…”

Voces y rumores de la gente necesitada, que sufre las consecuencias del desempleo, de las malas administraciones, de la carestía, de la inflación…, de la pobreza. Están allí, en las plazas, bajo los puentes, en las esquinas, en los mercados; visibles, pero marcados por el olvido y, a veces, por el desprecio.

Además de la miseria, cargan sobre sí alguna enfermedad; sus manos extendidas, sucias, maltratadas, son un lenguaje de dolor y de auxilio; piden misericordia, compasión y justicia.

Nosotros, ¿cómo los vemos? ¿Qué nos dicen? ¿Hay algo que podamos hacer por ellos? ¿Queremos hacer algo en realidad? Interpretamos su pobreza y somos detractores de los sistemas, pero sólo nos convertimos en apologetas sin postura; explicándonos su realidad, para entenderla, terminamos justificándola y, así, nada cambia, nadie cambia; no hay cura, ni curandero, ni milagros.

ACTUAR

…se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme” (Mc 1,40).

Para el leproso no hay duda, el hombre que ve venir es aquél de quien tanto se habla, su fama se había extendido por toda Galilea (vv. 28 y 39), curando enfermos, expulsando demonios, haciendo milagros, en una palabra, liberando al pueblo de todas las esclavitudes que lo mantenían sometido.

Se acerca sin preguntar, no pide nada de manera explícita, simplemente confirma dos cosas: que Jesús es el Mesías esperado, él puede hacer lo que otros no quieren (aunque pudieran); que la fe es una actitud de total apertura a la misericordia del Señor, y de confianza: puedes curarme.

Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” (v. 41).

De nuevo, tres verbos muestran la ternura y la cercanía de Jesús con los marginados: compadecerse, extender la mano y tocar. Jesús no se conforma con estar cerca, sino que pasa a transformar la realidad de marginación sanando al leproso: Ya sano, el leproso vuelve a la vida, es restablecido no sólo físicamente sino también social y espiritualmente (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El leproso descubre en Jesús la voluntad del Padre y sabe que ha venido a cumplirla: si tú quieres. ¿Cuál es esa voluntad?: que todos los hombres se salven (1Tim 2,4), sanando, siendo libres, encontrando la felicidad; por eso le dice confiado y sereno: puedes curarme. Jesús reitera en su acciones que no ha venido para hacer su propia voluntad, sino la de aquél que lo envía (cf. Jn 6,38): quiero, sana.

La compación es signo de novedad, Dios no sólo se hace presente, sino que se abaja, toca la realidad humana, la escucha, se pone frente a ella y la acoge con misericordia; es compasivo con los hombres de corazón sincero (Sal 31).

ACTUAR

Qué queremos del Señor, qué esperamos de él, qué suponemos que puede hacer por nosotros. Pedimos, suplicamos, esperamos…

¿Deseamos que se cumpla su voluntad en nosotros, o que él cumpla nuestros caprichos, que colme nuestras necesidades, que sacie nuestras dudas? ¿Podemos decir, confiados, puedes curarme…?

El evangelio va más allá, la respuesta de Jesús al leproso es, en el fondo, una propuesta para sus seguidores: cambiar los sistemas, las instituciones, la mente y el corazón, para que la realidad del pobre cambie y le permita vivir sano y libre.

También nosotros podemos gritar con entusiasmo: Sí quiero, ¡sana!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Tomándola de la mano…

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FEBRERO 4 DE 2018

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

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Enfermos en cama que no se pueden valer por sí mismos, postrados por la enfermedad, apabullados por el dolor, esperando una razón para seguir vivos, o una luz para saber qué encontrarán en el camino.

Los días son más largos, las noches eternas, sin final… La soledad se agudiza y la esperanza se debilita, aunque no se extingue. ¿Quién los acompaña en este impase del destino? ¿Qué explicación hay cuando la duda en un favor divino se acentúa?

Seres con nombre y rostro que ven su vida trastocada, sus ideales trastornados, sus proyectos arruinados en patologías inexplicables, misteriosas, incontrolables. Habrá quienes mantengan la fe hasta el último momento, también quien la pierda con el primer dolor y el sobresalto de verse vulnerable e indefenso por un mal que, si bien se niega, es parte de la vida.

Hay otros enfermos, secuela de una sociedad enferma, dañina, que asecha sin piedad y va dejando en su camino mujeres y hombres postrados para siempre, sin saber hasta cuándo. Ellos, en su persistente insomnio, mascullan una pregunta, entre voz cortada y vida que fenece: ¿Cuándo será de día?…

JUZGAR

Nos encontramos con dos personajes de la trama bíblica, uno avasallador, con un carisma que atrae y no permite ser olvidado nunca, nos referimos a Job. El otro, la otra, mejor dicho, una mujer enferma, sin nombre y sin un futuro promisorio, de la que sólo sabemos que tenía fiebre; su condición de persona depende de su estado civil: es la suegra de Pedro.

Tal vez la distancia entre uno y otro sea abismal, pero comparten algo en común, una situación difícil, transitoria al parecer, que los ha postrado por tierra, en el caso de Job, y sobre una cama, en el caso de la suegra; son ponen a prueba su fe, su fidelidad y su entereza. Miseria y enfermedad, pobreza y desahucio, realidades que no se buscan por propia voluntad, pero se encarnan hasta lo más profundo de la vida.

Job tiene voz, y se manifiesta a través de ella; desahoga su pesar y su malestar con palabras duras y teñidas de dolor:

Como el esclavo suspira en vano por la sombra y el jornalero se queda aguardando su salario, así me han tocado en suerte meses de infortunio y se me han asignado noches de dolor. (vv. 2-3).

En su afrenta con Dios pronuncia dos terribles lamentos: ¿Cuándo será de día? (v. 4), mis ojos no volverán a ver la dicha (v. 7). Son, sin duda, las mismas palabras de tantos pobres en el mundo, de enfermos sin esperanza y de presos, migrantes, o esclavos, condenados a una muerte inminente. Para ellos, como para Job, sólo hay una noche que se alarga (v. 4).

La noche, con su impenetrable oscuridad, se convierte en símbolo de prueba y purificación; el hombre que busca el sentido de la vida, tendrá que soportar una ceguera involuntaria que no le dejará ver nada (ni la esperanza), hasta ver sólo a Dios. San Juan de la Cruz experimenta la noche como un medio para el encuentro definitivo con Dios, pero necesario y doloroso:

Hácesele a esta alma todo angosto, no cabe en sí, no cabe en el cielo ni en la tierra, y llénase de dolor hasta las tinieblas que aquí dice Job; hablando espiritualmente y a nuestro propósito, esperar y padecer sin consuelo de cierta esperanza de alguna luz y bien espiritual, como aquí lo padece el alma… (2N 11,6).

Pero hay otro tipo de noches, aquellas que cubren con su sombra la justicia y vuelven indigna la vida del hombre. El libro de Job contiene una invaluable enseñanza espiritual, aunque también resalta un problema actual, de índole social, que lacera a la humanidad: el sufrimiento del inocente. El sufrimiento como tal, puede ser una abstracción, un misterio que nos lleva a posibles reflexiones; pero el sufrimiento encarnado, es un problema por resolver. A ese se refiere Job poniéndole rostros concretos: un soldado, un jornalero, un esclavo (vv. 1-4).  Este sufrimiento es la base fundamental de la predicación del evangelio, una espiritualidad que aflora de la realidad y se alimenta con un amor radical e incondicional.

Pablo se mueve con esa convicción y sabe que no puede negarse a predicar el evangelio, porque esa es mi obligación (2Cor 9,16). Hace suyas dos realidades, la esclavitud y la debilidad, y se sobrepone a ellas para llegar lo más alto posible:

…me he convertido esclavo de todos, para ganarlos a todos. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles… Todo lo hago por el evangelio (vv. 19 y 22).

Cuando el sufrimiento es un problema que lleva de por medio vidas humanas, el amor apremia para encontrar una solución y trabajar en comunidad, acompañando al que sufre, comprendiéndolo desde su realidad con un corazón de misericordia.

La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre… (Mc 1,30). Ella no tiene voz, ni hay palabras en su boca; no apela a Dios ni tiene un defensor (goel) que vele por ella y le haga justicia. Desde la perspectiva de la cultura y las costumbres, era una mujer inútil. No se valía por sí misma ni los demás se interesaban por su destino.

Luego de la predicación en Cafarnaúm y la liberación del endemoniado (Mc 1,21-28), la fama de Jesús se extendió, sus hechos y sus obras marcaron una forma distinta en la relación con Dios y con el hermano; la esperanza resurge y la vida se reanima. La cuas del pobre, del que no tiene voz, se hace causa de todos: la suegra de Simón estaba enferma, y enseguida le avisaron a Jesús (v. 30).

La suegra de Pedro simboliza la situación de exclusión que sufrían las mujeres ancianas y enfermas. Los discípulos interceden por ella como un acto de solidaridad con el necesitado. Con tres verbos Jesús indica el mejor modo para relacionarse con el oprimido: acercarse, entrar en contacto con él y levantárlo (v. 31). Jesús espera que quien sea sanado, levantado o liberado, se ponga al servicio de la causa del reino. Esto es parte de la identidad cristiana (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Hay tres líneas de acción a partir de esta experiencia:

  1. Vivir amando.
  2. Vivir sirviendo.
  3. Vivir haciendo justicia.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Ya sé quién eres…

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salENERO 28 DE 2018

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

VER

La verdad no peca, pero incomoda… Es un dicho que no sólo refleja cómo una palabra, animada por la verdad, puede poner en evidencia ciertas cosas de una persona, o de una institución, que desmienten, o ponen en entredicho, la posible versión de los acontecimientos y de la realidad.

Así es, la verdad nos incomoda, da miedo, sobre todo cuando nos es adversa, cuando pone al desnudo la maldad del corazón y la mentira. Por eso, la evitamos. Pero cuando nos favorece, la utilizamos como arma letal, para sumir en el desprecio al hermano, al contrincante.

Hemos olvidado que la verdad libera, que es un medio para conciliar con el otro y una experiencia de reconciliación. Aquellos que la defienden son vistos como amenaza y su presencia entre los hombres representa un factor que desequilibra lo establecido, sobre todo, cuando surgen en pos de la justicia, de la paz y la concordia entre los pueblos. Su voz, nutrida de verdad, es signo de contradicción.

Vivimos buscando la verdad y cuando nos sale al encuentro, no sabemos qué hacer con ella, la despreciamos, la menospreciamos… huimos de ella.

JUZGAR

La voz del Señor, presente en el fuego, se había convertido para el pueblo hebreo en un motivo de miedo y temor a la muerte. Tal vez resonaba entre ellos la sentencia que Yahvé había hecho a Moisés tiempo atrás: mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida (Ex 33,20). La gloria de Dios, magnífica y poderosa, distaba de la sencillez humana y se hacía incomprensible, inobservable, difícil de sobrellevar y hacerla parte de la vida: No queremos volver a oír la voz del Señor nuestro Dios, ni volver a ver otra vez ese gran fuego; pues no queremos morir (Da 18,16).

Dios no quiere que sus hijos mueran, ni que se alejen de él por cualquier motivo; los ha liberado y los quiere llevar hasta la tierra que les ha prometido. Ante su confusión y sus dudas, se muestra comprensivo y condescendiente, sabe que el pueblo se encontrará con la mentira (cf. Dt 18,9-14) y necesitará de palabras humanas, cercanas a él, que lo convenzan respecto de la verdad y lo guíen:

Yo haré surgir en medio de sus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le m ande yo. A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Pero el profeta que se atreva a decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de otros dioses, será reo de muerte (vv. 18-20).

Dicha promesa, que se extiende a lo largo de la historia de Israel y se va concretando en diferentes momentos a través de jueces, reyes ungidos y profetas, finalmente se cumple para siempre en Jesús, el Mesías.

Marcos, en una narración sencilla y clara, resalta en dos escenas la centralidad de Jesús y su condición de profeta definitivo. Primero, sus enseñanzas en la sinagoga de Cafarnaúm, dejan asombrados a los oyentes, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas (1,21-22).

Después, en la misma sinagoga, un hombre poseído es capaz de reconocer en Jesús la verdad que lo interpela y que lo hará libre de sus ataduras:

¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios (v. 24).

La fuerza y la contundencia en la voz de Jesús, ¡Cállate y sal de él! (v. 25), representan un nuevo horizonte, un camino distinto, una vida que se renueva con la promesa cumplida: pone silencio a la mentira y expulsa la esclavitud que denigra la condición humana.

Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea (vv. 27-28).

ACTUAR

Si retomamos el texto del libro del Deuteronomio, versículos arriba, nos encontraremos con una lista de situaciones a las que el pueblo se enfrentaría, marcadas por la mentira y la seducción, que pondrían a prueba su fidelidad a Yahvé y la fe en su Palabra. Esas mismas palabras resuenan claras en nuestro contexto, nos enfrentamos a lo mismo y también nuestra fe se pone a prueba:

Cuando entres en la tierra que va a darte el Señor, tu Dios, no imites las abominaciones de esos pueblos. Que no haya entre ustedes quien queme a sus hijos o hijas, ni vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni quién consulta a los muertos. Porque el que practica eso es abominable para el Señor. Y por semejantes abominaciones los va a desheredar el Señor, tu Dios (18,9-12).

En contraste, el Papa Francisco, nos recuerda que Jesús es el referente y el guía seguro en el camino, el profeta que has surgido entre nosotros:

Jesús es nuestro Maestro, poderoso en palabras y obras. Jesús nos comunica toda la luz que ilumina los caminos, a veces oscuros de nuestra existencia. Nos comunica también la fuerza necesaria para superar las dificultades, las pruebas, las tentaciones. ¡Pensemos en esta gran gracia que es para nosotros el hecho de haber conocido este Dios tan poderoso y tan bueno!. Un maestro y un amigo que nos indica el camino y que nos cuida, especialmente cuando lo necesitamos.

Jesús es nuestro Maestro, poderoso en palabras y obras. Jesús nos comunica toda la luz que ilumina los caminos, a veces oscuros de nuestra existencia. Nos comunica también la fuerza necesaria para superar las dificultades, las pruebas, las tentaciones. ¡Pensemos en esta gran gracia que es para nosotros el hecho de haber conocido este Dios tan poderoso y tan bueno!. Un maestro y un amigo que nos indica el camino y que nos cuida, especialmente cuando lo necesitamos (Ángelus, enero 28/2018).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Pescador de hombres…

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ENERO 21 DE 2017

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Liturgia de la Palabra:
  • Jon 3,1-5.10.
  • Sal 24.
  • 1Cor 7,29-31.
  • Mc 1,14-20.

VER

Nuestra vida, en casi todo lo que hacemos, está marcada por las prisas, la urgencia y la inmediatez; el tiempo se acorta y las responsabilidades crecen: llegamos tarde a las citas, o a destiempo, incumplimos o posponemos nuestras tareas, justificamos como sea las ausencias y, poco a poco, nos vamos desentendiendo de las obligaciones y nos hacemos, cada vez, un poco más irresponsables.  Entonces, nos dedicamos a decir que el tiempo se nos vino encima, que no hay tiempo para nada, que la vida no da para tanto…

En esos avatares de la vida moderna, entre la cantidad de ocupaciones (y desocupaciones) que acarreamos, comienzan a repiquetear nuestra conciencia los ruidos de la vida, voces inaudibles que brotan del interior y pronuncian nuestro nombre, de manera clara e inconfundible, para advertirnos que ¡el tiempo apremia!

Sabemos que no sólo hay tareas de las que nos hemos desentendido, por la razón que sea, sino también, algunos aspectos esenciales de la vida, personal y colectiva, que han quedado abandonados, olvidados en un pasado que nos atormenta y nos ata a situaciones inaceptables, de las que no sabemos cómo salir: reconciliarnos con la pareja, o con el hermano; dejar que el enojo ya no amargue nuestro corazón, tomar la única decisión que nos hará felices, escuchar nuestro cuerpo y cuidar su salud, tomar postura ante los acontecimientos de la historia, hacer justicia más que hablar de ella…

En fin, no tenemos la menor duda de que el proceso se llama conversión y que el tiempo apremia.

JUZGAR

Los ninivitas, al parecer, llevaban una vida de mucha soltura, inmoral y desapegada de los preceptos de la ley divina; idolátrica y ajena a la voluntad de Dios. Habían dedicado su vida y su tiempo a la banalidad de las cosas, intrascendentes y pasajeras, olvidando sus compromisos con la alianza, haciendo menos y despreciando la libertad que dura para siempre.

Yahvé, en boca de Jonás, pone un límite al pueblo, estableciendo un tiempo preciso (propio de la simbología bíblica) para la conversión y el arrepentimiento: cuarenta días (3,4). Tiempo de prueba, de purificación y de esperanza.

Nínive no es presa de un castigo, sino sujeto del amor de Dios y protagonista de una oportunidad: la posibilidad de no perecer; siempre y cuando la comunidad cambie sus costumbres y ponga sus ojos en el Dios que ofrece misericordia:

Cuando Dios vio sus obras y cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles (v.10).

Pablo, por su parte, advierte a los corintios que el tiempo apremia (7,29), sugiere acciones concretas, que podrían parecernos inhumanas e impracticables (vivir casados como si no lo estuvieran, sufrir como si no se sufriera, alegrarse sin estar alegres…), si no caemos en cuenta que este mundo que vemos es pasajero (v. 31). El apego a las cosas mundanas no hace más que provocar envidias, corrupción, vicios denigrantes y desesperanza, porque su existencia es efímera y hace efímera la felicidad. La solidez de la vida se sustenta en los tesoros que guarda el corazón.

Corinto, como Nínive, es una ciudad donde han echado raíces el pecado, la corrupción, los vicios y la inmoralidad; la vida de su gente se había conformado con ese modelo de satisfacciones momentáneas, efímeras y sin sentido. Pablo invita a los corintios a una revisión de vida, un discernimiento de los actos y las decisiones, para que ninguno , sin dejará de ser lo que es (casado, enfermo, alegre, comprador…), siga viviendo como hasta ahora, según el modelo y el ritmo de un mundo pasajero, que no conduce a ningún sitio.

En la predicación de Pablo resuenan las palabras de Jesús: el tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio (Mc 1,14).

La conversión implica cambios radicales, que no se reducen a sólo “no pecar”, sino a reorientar la vida según los criterios del evangelio. Dicha conversión, es un proceso que se desata con un llamado que interpela, provocando que el individuo salga de su cotidianidad y vaya más allá de lo ordinario, lo pasajero, lo efímero.

Jesús no hace preguntas, no cuestiona si la persona cree o no cree, no indaga qué tipo de vida lleva, simplemente llama y seduce, para que los convocados tomen la decisión de seguirlo. También aquí, la respuesta (seguimiento) marca un cambio radical en la vida personal que, sin dejar de ser lo que cada uno es (pescadores, hijos, trabajadores), reorienta el camino hacia otras metas:

Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres (Mc 1,17).

Dejando redes, barcas y familia lo siguieron de inmediato (vv. 18-19). El tiempo pinta distinto, novedoso, las antiguas promesas se han cumplido y la esperanza se ve colmada en Jesús:

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza (Sal 24, 4-5).

ACTUAR

José Ma. Castillo, comentando el mismo evangelio que hemos escuchado y reflexionado (junto con Jonás y Pablo), nos ofrece una mirada que permite descubrir líneas de acción concretas y retadoras:

Jesús puso en marcha este inesperado e increíble proyecto rodeándose de un reducido número de compañeros. Eran gente sencilla, trabajadores, hombres con muy poca formación y con muy escasos medios. Pero aquellos hombres tenían algo fundamental: se pusieron a “seguir” a Jesús. Seguir a alguien comporta dos cosas: “cercanía” y “movimiento”. El seguimiento es acompañar a Jesús. Pero no es solo eso. Es algo más: acompañarlo moviéndose, es decir, no estancados en el pasado, ni siquiera en el presente, sino siempre avanzando hacia un futuro mejor.

Este grupo inicial de seguidores indica, entre otras cosas, que el Evangelio no es un proyecto para individuos solitarios y aislados. Es, ante todo, un proyecto comunitario que se vive conviviendo con otros, y siendo cada cual para los otros, no para sí solo y para sí mismo. Esto es lo primero que Jesús quiso dejar claro.[1]

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] Castillo, J. M. (2014). La religión de Jesús. Comentario al Evangelio diario. Ciclo B (2014-2015). Ed. Desclée De Brouwer. Bilbao. p. 90.

Lo encontramos…

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ENERO 14 DE 2018

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

VER

Te busqué debajo del colchón y en el polvo de la habitación; te busqué con un ordenador y con la antena del televisor.

Te busqué por toda la ciudad y en el pozo de la soledad; te busqué en los ojos del dolor y en los ojos de la diversión.

Te busqué en el corazón y allí estabas en un rincón; te busqué en el corazón y en silencio oí tu voz.

Te busqué en el oro y el placer y en el cuerpo de alguna mujer; te busqué en las drogas y el alcohol y en los vicios y en la corrupción.

Te busqué en los templos de oración y en los libros que hablan del amor; te busqué por toda la ciudad y en el pozo de la soledad…

Así, como la letra de esta canción (“Te busqué”, MECANO), es la vida de mucha gente: siempre en búsqueda, siempre en movimiento.

Nos habrá sucedido, quizá, que nuestras búsquedas comenzaron por hurgar entre las cosas del entorno; luego vimos lo que otros tenían y deseamos lo mismo, y así seguimos buscando hasta llegar más allá de nuestra propia realidad, sin haber encontrado lo que realmente necesitábamos. En consecuencia, sufrimos desaliento, confusión y, en muchos casos, una terrible despersonalización.

Cargamos, a veces, con un vacío que nos desanima (perdemos el ánimo), con una hambruna interior; una sombra indescriptible que no deja pasar la luz, provocando que la vida se decolore. Desatendemos el corazón y descuidamos el alimento interior que cada hombre necesita por naturaleza (sea creyente o no), con el que nutre sus ideales, sus proyectos, sus sueños y anima su sentido de búsqueda.

… La vuelta a lo sagrado y las búsquedas espirituales que caracterizan a nuestra época son fenómenos ambiguos. Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios (Papa Francisco, EG 89).

JUZGAR

¿Por qué el joven Samuel (1Sam 3,3) servía en el Templo? ¿Porqué respondió a un llamado, aun sin estar seguro de que fuera Elí quien lo llamaba? Muy probablemente estaba en búsqueda, tratando de encontrar el sentido de su vida y la orientación de sus deseos. No sabemos si fue allí donde comenzó su camino o, si más bien, fue allí donde terminó una búsqueda estéril e infructuosa, hasta encontrarse consigo mismo, en presencia de Yahvé.

El Templo es emblemático, lugar del encuentro con Dios y con su palabra; en la intimidad de ese encuentro se gestan la vocación, el envío y la misión. Una vez que Samuel es capaz de distinguir la voz de Yahvé, se pronuncia, diciendo, Habla, Señor; tu siervo te escucha… (v. 10). Desde entonces, Samuel se convertirá en juez, profeta y rey de su pueblo. Saldrá de ese lugar al mundo, para buscar una sola cosa: hacer la voluntad del Padre.

También los discípulos de Juan, y Pedro con ellos, estaban en búsqueda; encontrar al Mesías ocupaba su mente, su tiempo y sus viadas. Así como Elí orientó los pasos de Samuel, Juan hace lo propio: Éste es el Cordero de Dios. A tal reconocimiento le sigue el inevitable, pero gozoso, seguimiento.

Ya no es el Templo, sino la intimidad con el Señor la que suscita el encuentro, allí se quedaron con él…, donde vivía.  De esta experiencia tan cercana y acogedora surgen la vocación, el envío y la misión; los nuevos discípulos salen al encuentro de los otros, con un anuncio del que ya no cabe la menor duda: Hemos encontrado al Mesías (Jn 1,41).

El testimonio se hace fecundo, los discípulos recién llamados, llaman a su vez a otros mediante su testimonio de fe mesiánica. La fe en Jesús contagia, no puede confinarse ni encerrarse (Luis A. Shökel). Andrés no puede contener su emoción, su sed de verdad comienza a saciarse y quiere compartir su hallazgo, fue por su hermano Simón…, y lo llevó a donde estaba Jesús (Jn 1,41-42).

El Templo, sin perder su importancia y centralidad, pasa ahora a segundo término, pues queda claro que el encuentro tras la búsqueda, se verifica en la condición humana, hecha carne en Jesús y realidad latente en cada hombre.

Sólo así se puede comprender el grito de Pablo y su mensaje a los corintios: El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor (1Cor 6,13). Sin mayor explicación, basta con resaltar las palabras del versículo 19, que trazan la visión antropológica que surge del evangelio:

¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes?

ACTUAR

Dos cosas nos quedan por hacer, la primera, pronunciarnos igual que Samuel: habla, Señor, que tu ciervo escucha; la segunda, si de verdad hemos encontrado al Mesías, ir al encuentro de los demás y llevarlos donde Jesús:

En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de « salida » que Dios quiere provocar en los creyentes… La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. « Primerear »: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! (Papa Francisco, EG 20.24).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.