EL ÁRBOL DE LA CRUZ

shutterstock_102809678ABRIL 15 DE 2017

SÁBADO SANTO

Miren el árbol de la Cruz, donde estuvo clavado el salvador del mundo.

Cuando la Cruz se convierte en árbol, el único fruto que surge de ella es la vida.

La adoración de la Cruz, en la liturgia del Viernes Santo, nunca ha tenido la intención de que aceptemos la Cruz de Cristo como un hecho de muerte definitiva, terminal, en el que no cabe la posibilidad de un después.

Se adora una cruz, desnuda, sin el Cristo que murió en ella, simbolizando, así, las palabras de Pablo a los corintios que gritaban: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? (1Cor 15,55). La espera debe permitir que la promesa se cumpla y que, en nuestra vida cotidiana, se haga verdad la certeza de que el sepulcro está vacío.

El sepulcro de Cristo fue sólo un espacio, el último en este mundo, para la gloria de Dios, del cual se removió la piedra que lo cubría, como la del sepulcro de Lázaro, y permitir que la vida surgiera incontenible, echando raíces en el árbol de la cruz, extendiendo su generosidad a todo hombre y dándole vida en abundancia.

Pero, ¿qué hemos hecho de la vida hoy?: la hemos convertido en mil cruces de muerte, inertes, sin esperanza; donde los hombres pasan clavados, sin resurrección.

Dijo el Papa Francisco en la homilía de la Vigilia Pascual (Abril 16/2017):

…Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas.

Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos.

Creemos en un Cristo crucificado, tan terriblemente crucificado,

que no alcanzamos a vivirlo resucitado… (M. Hernández).

No teman, ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí; ha resucitado como lo había dicho… (Mt 28,5-6).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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