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DICIEMBRE 31 DE 2015

“PARIS.IS…” Y LA VIOLENCIA EN EL MUNDO

VER

Se me ocurre una frase en este momento, ahora que se cumple más de un mes de lo ocurrido en Paris el 13 de noviembre, y cuando estamos por terminar el año 2015 que, como bien dice el Papa Francisco, las guerras y los atentados terroristas, con sus trágicas consecuencias, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las prevaricaciones, han marcado de hecho el año pasado (2015), de principio a fin…: “el terrorismo y su violencia nos aterra…”

El terrorismo es un acto criminal impredecible: nadie sabe cuándo, ni cómo ni dónde; sólo es evidente en el momento que algo estalla y masacra, sin piedad, a cuanta gente esté en el lugar equivocado, a la hora “indicada”. Es una acción homicida, que tiene la intención de decirnos algo a gritos, o a muertes…; que quiere vengar algo, o demostrar cómo el arrojo del miedo se ha convertido en reacción violenta para no dejarse someter. El “después”…, es incalculable: a partir de ahora la realidad toma los matices que el terror y la confusión le van imprimiendo; además se debe asumir la irrefutable tarea de recoger los despojos de vidas, de dignidad, de esfuerzos por la paz, de corazones destrozados y de cada palabra pronunciada por el hombre que ahora, pareciera, ya no tienen sentido.

Un acto así, es seguido por otro igual…, o peor; como si la repetición sistemática de las acciones violentas fuera la mejor herramienta didáctica, no para enseñarnos, sino para que nos quede claro que la violencia genera más violencia.

Es un hecho: la violencia genera más violencia, y el “más” de esta reciprocidad violenta, se pronuncia en grado superlativo, provocando, así, un movimiento en espiral, en ascenso, que nunca termina. Del más se escala al todavía más

JUZGAR

El terror, provocado por cualquier situación o realidad violenta, equivale a una humillación. El segundo concepto (humillación) proviene de la raíz latina tierra (“humus”), de tal modo que humillar significa, literalmente, tirar por tierra a otro, someterlo, pisotearlo, hacerlo nada… Y el terror (el otro concepto) significa hacer temblar, o tambalear a otro, a tal grado, que se le puede tirar también, o vencer, cuando es vulnerable. Por su parte, la vulnerabilidad, que traducida significa “capacidad, o posibibilidad, de se herido”, aun cuando sea innerente a una persona o entidad, no es algo que, por supuesto, se presuma, o se reconozca abiertamente, pues ello significaría aceptar que se es débil, o que hay, justmente, alguna incapacidad, oculta en los sistemas y en las estructuras, que escapa al control del “poder”.

Las naciones que han alcanzado altos niveles económicos y militares, colocándose entre las primeras potencias del mundo, presumen el rostro latente de su autoimagen a través de su fuerza de ataque, de la contundencia en sus decisiones bélicas y el alcance letal de las mismas; acompañado de la férrea convicción de que sus ideas, sus intervenciones en foros internacionales y sus propuestas son, en realidad, “la punta de lanza” y “la última palabra…” en el discurso sobre el poder, la “justicia” y la moral. Principio y fin…, autodivinización y sacralización que se fundamente y consolida, justamente, por medio de la religión que se profesa (o que se asume convencionalmente), para mostrarle al mundo, y así confirmar, que hay en ellas una vocación subyacente de mesianismo, o de profetismo definitivo. El problema es que todas las naciones tienen esa imagen de sí mismas y el puesto de primera potencia, si es que lo hay, sólo podría ocuparlo una de ellas… ¿Quién?: la más fuerte… ¿Quién?: ¿la que más mata…? ¡La que aterra más!

Así es, provocar muertes de manera premeditada e indiscriminada, y agregar el hecho a una lista, por lo visto interminable, de atentados auto-adjudicados -en el caso de los grupos terroristas-, o de operaciones necesarias y estratégicas– en el caso de los no-terroristas-, se ha convertido, al menos durante el último siglo y los inicios del nuevo milenio, en el estandarte con el que se marca (con sangre y dolor) el territorio enemigo… Pero la fuerza con la que se agrede y se mata no es otra cosa que la expresión fehaciente, hecha acto, de la vulnerabilidad; siempre se ataca el punto débil del otro y, en respuesta, desde allí se contraataca.

Me pegaste donde más me dule, y haz provocado en mi tanto dolor, que ahora te pego donde más te duele: de vulnerabilidad a vulnerabilidad.

La estética del poder político-militar de las naciones, cuida con lujo de detalle el rostro que quiere mostrar, el que todos deben ver y temer; para ello, invierte millones de dólares, de tiempo, de tecnología, de fuerza humana (intelectual y física), y vierte su imagen como una pósima engañosa que exalta las voluntades de los hombres y las incita a la violencia, luego, cuando ha alcanzado su objetivo, los deja exaustos, moribundos, abandonados a su propia suerte. Ellos son la herida que provoca el dolor que no se cura nunca.

La guerra y la violencia, como ya decíamos, han ocupado el lugar de lo sagrado y ahora les rendimos culto con ofrendas de sangre y de hermanos (enemigos) sacrificados. La recompensa a tal fidelidad es la muerte, la muerte nuestra de cada día…

Jean-Marie Muller, en el prólogo a su libro El coraje de la no violencia. Nuevo itinerario filosófico (2001), nos ofrece una suerte de “bienaventuranzas” que no hacen más que confirmar esta absurda sacralidad de la violencia:

…En el fondo de todo se encontraba el viejo prestigio de la violencia, la antigua y monstruosa cantinela según la cual “los amados de los dioses mueren jóvenes”. Esta guerra, que será a la vez total y mundial, va a extender “la cultura bélica por el mundo entero”.

Entre esos hombre que, en definitiva, están contentos de vestirse para ir a hacer la “última de las guerras”, se encuentra uno de los mayores poetas de los “tiempos modernos”, Charles Péguy. De antemano, ha sacralizado las masacres de esta guerra en unos versos que serán muy pronto utilizados para honrar a las víctimas:

  • “Dichosos los que mueren por la tierra natal, pero siempre que sea en una guerra justa.
  • Dichosos quienes mueren en cualquier lugar de la tierra.
  • Dichosos quienes mueren una muerte solemne. […]
  • Dichosos quienes mueren en una guerra justa.
  • Dichosas las espigas maduras y el trigo segado. […]
  • Dichosos los grandes vencedores. Paz a los hombres de guerra. Que sean sepultados en un postrer silencio”

La fe ingenua y vacía, que es más bien una credulidad sin sentido, y que nace de un corazón roto y dolido por el odio, nos ha adoctrinado diciendo que la guerra es justa y es santa, y que el honor del hombre está cifrado en cómo defiende su libertad matando, política y religiosamente. …El idelaismo difícilmente ha sido vencedor, sino que ha quedado profundamente herido y es responsable de sus sueños; el realismo se ha visto decepcionado, abatido y repleto de crímenes y errores; […] Las creencias se confunden en los campos, cruz contra cruz, media luna contra media luna… (P. Valéry).

En el mismo prólogo ya referido, J. M. Muller (2001) nos lleva a la siguiente reflexión: “Nosotras, las civilizaciones, ahora sabemos que somos mortales”. Con esta frase que se hará famosa, Paul Valéry expresa en 1919 el pensamiento que le obsesiona al intentar comprender la “terrible lección” que la guerra acaba de dar a su generación. Pero ¿no ha equivocado el poeta una palabra?; ¿no habrá debido decir: “Nosotras, las civilizaciones, ahora sabemos que somos mortíferas”?…

Ofuscados por el miedo, o por la ambición de poder, nos hemos olvidado de lo verdaderamente sagrado. La indiferencia ante Dios supera la esfera íntima y espiritual de cada persona y alcanza a la esfera pública y social. Como afirmaba Benedicto XVI, «existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra». En efecto, «sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz». El olvido y la negación de Dios, que llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma, han producido crueldad y violencia sin medida (Papa Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial por la Paz 2016).

ACTUAR

No sabremos nada mientras no sepamos si tenemos derecho a matar o a consentir que se mate a ese otro que tenemos ante nosotros (Albert Camus).

En esto reconocerán que son discípulos míos, en que se aman los unos a los otros (Jn 13,35).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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