SAN JUAN DE LA CRUZ

MAYO 15 DE 2016.

EL ESPÍRITU: img_5390812e7b21aLLAMA DE AMOR

¡Oh llama de amor viva!

Esta llama de amor es el Espíritu de su Esposo, que es el Espíritu Santo, al cual siente ya el alma en sí, no sólo como fuego que la tiene consumada y transformada en suave amor, sino como fuego que, demás de eso, arde en ella y echa llama, como dije. Y aquella llama, cada vez que llamea, baña al alma en gloria y la refresca en temple de vida divina.

Y ésta es la operación del Espíritu Santo en el alma transformada en amor, que los actos que hace interiores es llamear, que son inflamación de amor, en que unida la voluntad del alma, ama subidísimamente, hecha un amor con aquella llama (S. Juan de la Cruz, L 1,3).

Desde la perspectiva de Juan de la Cruz, el Espíritu es un fuego que transforma cuando viene de parte del esposo, que es Jesucristo, y pone su morada en el hombre. Este fuego no es otra cosa que el amor, por lo tanto, se convierte, en el hombre, en un fuego transformador, porque el amor no es sólo una experiencia que se recibe de parte de Dios, sino que nos mueve hacia los demás, para amarlos.

Esto es lo que significa que el alma (el hombre) esté ahora transformada en amor y, así, no pueda evitar que sus actos interiores sean un continuo llamear: hacer que el fuego crezca, se extienda y toque a otros para transformarlos.

En consonancia con el evangelio de Juan (14,15-16.23-26), que escuchamos en el Domingo de Pentecostés, podemos descubrir cómo hay siempre una relación indisoluble entre Espíritu y amor, así como la que existe entre amor y fuego:

Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada.

Y así, en este estado no puede el alama hacer actos;  que el Espíritu Santo los hace todos y la mueve a ellos; y por eso, todos los actos de ella son divinos, pues es hecha y movida por Dios.

De donde el alma le parece que cada vez que llamea esta llama, haciéndola amar con sabor y temple divino, la está dando vida eterna pues la levanta a operación de Dios en Dios (S. Juan de la Cruz, L 1,4).

MARIO A. HERNÁNDEZ DURÁN, TEÓLOGO.

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