STA. TERESA DE JESÚS

teresaavila1

MAYO 10 DE 2016.

PARA SIEMPRE…

…Espantávanos mucho el decir que pena y gloria eran para siempre, en lo que leíamos. Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto y gustávanos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre! (V I,5).

En el Libro de la Vida, que representa la autobiografía espiritual de la santa de Ávila, Teresa narra cómo fue su andar, su recorrido, su proceso y su encuentro con Jesucristo, su amado, desde su infancia, hasta llegar a la más alta y profunda experiencia de amor y de entrega a Él.

Los inicios de su vida, a la par de su hermano Rodrigo, revestidos de inocencia e ingenuidad, dieron paso a una fe transparente y decidida, que la llevó a comprender que si la pena de una vida sin fe, o la gloria de una vida entregada al Señor, eran para siempre, ella se inclinaba, por supuesto, por la segunda opción. Así, aun cuando Teresa pasara por crisis, desasosiegos, dudas y mil conversiones, a la base de todo se encontraba aquello que prefiguraría la determinada determinación que la mantendría en pie toda la vida: ¡Para siempre, siempre, siempre!

Siempre, no es sólo un concepto que hable de temporalidad (aunque así lo sea), sino que refleja una opción de vida que supone permanencia, constancia, dedicación y entrega total; hay en ello una actitud definitiva y un sí con miras de infinito y de trascendencia.

Hoy, nuestras opciones de vida (cualquiera que sea) se van caracterizando, cada vez más, por una relativismo que depende de cambios circunstanciales, de estados de ánimo, de la búsqueda incansable y ciega del beneficio personal; de actitudes mezquinas y egoístas, de promesas temporales cuantificadas en periodos, meses, o años convenidos. Tenemos dificultad en llevar a la práctica aquello que decimos a boca llena: para toda la vida…

La sociedad del descarte, como la llama el Papa Francisco, nos ha envuelto en una dinámica de vida marcada por lo inmediato, lo efímero, lo perecedero; pensamos en términos de caducidad y nos “comprometemos” a corto plazo. Hay, en todo, un dejo de incertidumbre que se expresa en un triste y desolado ¡nunca!

El evangelio de Mateo cierra con unas palabras que, paradójicamente, abren las puertas al infinito, mismo que Teresa descubrió en su corazón enamorado de Jesucristo: Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

¿No es, acaso, un para siempre, siempre, siempre lo que falta en el corazón de la humanidad, para que remonte sus crisis, sus dudas, sus miedos… y sus nuncas?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

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